Nada sé del amor, porque nada sé de mi alma, ni de las almas con las cuales he andado de la mano por calles agitadas de gente y automóviles.*
Qué triste es no saber nada del amor.
O creer que se ama cuando dejamos los cuerpos que se apeguen, se friccionen, se rebusquen, sin ver que son el impediente del amor, la causa de la ignorancia.
O cuando buscamos —extinguido ya el encendimiento— la imagen luminosa alucinada y solo hallamos un rostro reposado en la almohada: suave piel, dulces pupilas, rojos labios apagándose.
Es lo que pienso de la mano de ella por las calles, contento del silencio que elegimos para decírnoslo

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