miércoles, 15 de octubre de 2025

RELATOS INGENUOS

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CORO
Preámbulo:

¿Por qué demora el olvido
si yo no he de verte más?
en la soledad que vivo
nada saco con amar
como a una imagen querida
que no ha existido jamás

mas no así cierro los ojos
tu imagen surge enseguida
la horquilla en el pelo solo
y algo triste o pensativa
como leve temblor de hojas
que no es hoja sino brisa

brisa de hojas es el verso
que del libro lee tu boca
que no es libro sino sueño
lo que en tu falda reposa
como esta ilusión que vivo
en el reino de las olas

olas que fingen ser rostros
los recuerdos más queridos
que mi boca bebe a sorbos
en esta arca del olvido
como el néctar que se bebe
que no es néctar sino abismo

abismo que solo habita
la honda mudez de los peces
que no es mudez sino enigma
lo que al corazón conmueve
como así a una calavera
las hondas corrientes mecen

mecen tu imagen las aguas
cuando ella viene y se acerca
y al verla tan bella y clara
tan poética y verdadera
como antes beso tu boca
mas no es boca sino arena





El capitán andaluz:

Salí una tarde de junio
del puerto de Andalucía
con tres veleros cargados
de preciosas mercancías

y quién más se lo creyera
que valía lo que valía
lo que no era plata ni oro
y ni caras pedrerías

pues no siendo plata ni oro
ni peso en piedras preciosas
valían mucho más que el oro
y que todas esas cosas

mas para qué detenerse
en explicar lo que sobra
baste saber que sin ellas
por el mar solo irían olas

por las costas africanas
con el sol en la cabeza
bajaban los tres veleros
hacia el cabo de la tierra

los vientos meridionales
soplaron después las velas
que nos llevaban a las Indias
de las preciosas especias

y subiendo hacia las Indias
nos topamos con las bestias
más increíbles y espantosas
que ni en delirio se vieran

navegamos navegamos
por desolados parajes
como si alguien nos hubiera
esfumado los lugares

mas como no hay mal que dure
ni viaje que no se acabe
y aunque nadie lo esperara
acabaron nuestros males

en Bombay nos detuvimos
a lo más cuarenta días
luego emprendimos rumbos
por entre las grandes islas

en China desembarcamos
y nos dimos a la vida
ignorante como estaba
del destino que tendría

si un barco atraca en el muelle
con solo dos pasajeros
no esperes ver que descargue
otra carga que sus besos

y si del puerto zarpara
tan solo con un pasajero
es que en el puerto ha dejado
un cofre lleno de besos

una tarde que yo andaba
por la playa en primavera
me topé con la muchacha
más hermosa que se viera

y de aquel día su hermosura
forma no hubo ni manera
de olvidarla ni dejarla
y en desearla y en quererla

y a tal punto que su padre
consintió que nos casáramos
siempre y cuando yo le diera
parte de lo que llevábamos

con lágrimas en los ojos
los dos nos dimos las manos
porque ambos lo más querido
por solo ella lo dejábamos

mas él no tomó el camino
de aguas sino de la tierra
porque según el destino
se anda según lo que sueña

pues no siendo plata ni oro
ni peso en piedras preciosas
valían mucho más que el oro
y que todas esas cosas

sus mejillas eran pálidas
de suaves tonos rosados
su boca como un capullo
bajo sus ojos sesgados
 
su nariz botón apenas
para su rostro ovalado
y además de dulce y bella
se llamaba Flor de Mayo

solíamos al caer la tarde
ir al huerto de ciruelas
en compañía de su antílope
y de su libro de poemas
 
ella leía con tenues labios
esas palabras secretas
mi corazón era el puerto
y ella el junco que se aleja
 
lentos rodaban los soles
y los astros y las lunas
lentas las embarcaciones
y la tierra y sus criaturas

lenta mi vida en el puerto
lenta en la taberna oscura
lentos junto a ella mis sueños
varados en su ternura
 
mas yo la amaba la amaba
que más no quería quererla
porque me dolían los ojos
y el alma con su belleza

y porque un marinero
se ahoga si se queda en tierra
y ha de llevar por los mares
las joyas que más se aprecian

que no siendo plata ni oro
ni peso en piedras preciosas
valen mucho más que el oro
y que todas esas cosas
 
se deshojaron los árboles
y maduraron los frutos
Flor de Mayo con un cesto
andaba en el huerto oscuro
 
silenciosa después vino
y en el huerto un fanal puso
después liberó los grillos
en las jaulillas reclusos

te dejo y quiero quedarme
quiero dejarte y me quedo
me muero si tú me quieres
si no me quieres me muero
 
―Te vas porque no me quieres
que si en verdad me quisieras
como dices y lamentas
no me herirías como me hieres
 
déjame ya con mis penas
que yo te quiero lo sabes
que mi amor lleven tus naves
que llevas el tuyo en ellas

Ay qué va a ser de mis naves
si lo que más amo no llevo
y lo que llevo no lo amo
y no lo amo pues te dejo
 
la nieve sobre el mar cae
como levísimas plumas
mi nave espera en el puerto
con su blanca arboladura
 
así mi amada en el muelle
con sus lágrimas que enjuga
con el pañuelo de seda
que se me antoja de espuma

y antes de subir a bordo
me embebezco en su hermosura
sobre el mar la nieve cae
como levísimas plumas
 
mi abrazo busca su abrazo
su calor y su ternura
pero ella se haya sumida
en una pena profunda
 
lentas vanse por el mar
las naves a su fortuna
mi amada mira las naves
con ojos que el mar endulzan

después corre por la playa
después por cimas oscuras
en el aire andan las aves
que llaman las desventuras
 
y no era nieve en la arena
ni eran escamas que espigan
ni los restos de una anémona
¡sino sus anegadas pupilas!

por el valle de las olas
por última vez contemplo
aquellas luces que flotan
entre los navíos del puerto 

entre los navíos del puerto
aquellas luces que flotan
por última vez contemplo
por el valle de las olas
 
lentos rodaron los soles
y los astros y las lunas
lentas las embarcaciones
y la tierra y sus criaturas

CORO:

Por el correo de las brisas
he recibido un suspiro
y en el suspiro decía
¡ay no me eches al olvido!

anoche soñé contigo
y ese sueño no soñara
soñé que tú eras un grillo
que su violín me tocaba

anoche soñé contigo
y ese sueño no soñara
soñé que tú eras un junco
que a tu casa me llevaba

anoche soñé contigo
y ese sueño no soñara
soñé que tú eras un libro
que en un cuento me besaba

anoche soñé contigo
y ese sueño no soñara
soñé que eras una alondra
que en un mástil me cantaba

anoche soñé contigo
y ese sueño no soñara
¡ay soñé que mil tormentas
tus velas arrebataban!

Flor de Mayo:

No valió ayunos ni frío
ni razones ni plegarias
imposible fue el olvido
remedio de las lágrimas
¡oh cielos!

solo las caricias tuyas
tu abrazo tu ardor tus besos
de aquellas horas nocturnas
claras y tibias del puerto
quería …

quiero anhelo muero vivo
y si esta falta perdura
haré de lágrimas ríos
que bajarán con premura
gemía ...

ay bajarían con premura
al mar del que harían dulzura
solo por verte amor mío
solo por verte amor mío
moría ...

y mi llanto se fue al mar
por el mar fue bajando
ahora el mar me está soñando
ay mecida en tu penar
¡recíbeme!

Högdalen, Suecia, 1996.

 

CUANDO EL SEÑOR LEÓN SOÑÓ
QUE ERA REY




La historia que les vengo a contar, ocurrió en una jungla de Luanda.* Una jungla de la que se dice estaba habitada por criaturas mansas y amistosas.

Con decirles que los pajarillos, ya al alba, se hallaban trinando en las ramas, mientras las aves mayores subían a los altos cielos a contemplar el mundo.

Un rato más tarde, con los primeros rayos del sol comenzaban a despertarse los otros habitantes de la jungla. Entonces cada cual cogía una fruta de desayuno, pues, como he dicho, eran todos muy mansos.

El señor Gorila, por ejemplo, merendaba siempre una banana.

—Vecino, ¿por qué no pruebas estas bayas? Están deliciosas.

—Vecino, ¿no te aburre comer lo mismo al desayuno?

Como respuesta, la invariable y ancha sonrisa del señor Gorila, que hacía reír a sus amigos.

Ya desayunados —con el sol arriba—, los habitantes de la jungla, como de costumbre, comenzaban a reunirse en un claro del bosque para contarse los sueños que habían soñado.

Algunos eran divertidos; otros, dramáticos; otros, tan absurdos que después de escucharlos, se quedaban mirando sin comprender nada; y otros, ni divertidos ni absurdos, como la pesadilla que contó el señor León esa mañana.

La vida en la jungla de Aruanda, como se han dado cuenta, no podía ser más amable.

Amable por lo menos hasta la mañana que el señor León contó su sueño.

Es que el señor León se creía rey de la jungla.

Estaba convencido de que los únicos razonables en este mundo eran los de su especie, y para que nadie se quedara sin saberlo, pegó un rugido así de grande, estremeciendo los árboles de este lado y del otro.

Después, sin pensarlo dos veces, llamó a las sumisas hienas para que lo apoyaran en su plan de dominar la jungla.

Y vean lo que en esa reunión decidieron:

Que los animales debían vestirse como un león y andar como un verdadero león, si no...

Temerosos, hicieron como Su Majestad el rey decía.

El señor Hipopótamo se puso una peluca que le quedó chiquitísima en su cabezota.

Lo mismo hicieron la señorita Liebre, la señora Tortuga y los demás habitantes de la jungla.

Lo penoso era ver a la pobre señora Anaconda encaramada en cuatro zancos y con su peluca de león.

Penoso, pero no para el rey de la Hermosa Melena que ahora se hallaba orgulloso de su obra. Incluso mandó a las rastreras hienas a que le sacaran brillo a la corona.

Solo los insectos se reían del señor León, porque como sus risas son tan chiquitas, ni las acusonas hienas los oían.

Pero no todos le hicieron caso.

Uno de ellos era el señor Búho, que desde la rama de un árbol oscuro, observaba lo que ocurría en la jungla.

Ni siquiera atendió a las hienas cuando vinieron a exigirle que se pusiera peluca de león.

Tampoco la majestuosa Águila atendió las órdenes del monarca.

Así que con el señor Búho salían a volar en lo alto para comentar las noticias de Aruanda.

Este desacato, por supuesto, irritó al León rey que, sin pensarlo dos veces, citó con urgencia a las lisonjeras hienas a reunión.

—¡No y no y no! —rugía el Rey—. ¡Este desacato no se puede tolerar!

—¡Hay que ser duros! —apoyaban las chismosas hienas.

—¡La autoridad ante todo! —rugía el monarca, golpeando con una pata el suelo.

—¡Sí, Majestad! ¡La autoridad ante todo! —gritaban en coro sus incondicionales.

—¡Ordeno que quemen la jungla! —gruñó el de la Hermosa Melena.

—¡Sí, Jefe! ¡Vamos! —exclamaron riendo las chismosas hienas.

La jungla de Aruanda comenzó a arder por los cuatro costados.

Las aves fueron las primeras en darse cuenta del incendio y dieron la alarma.

También la señora Jirafa que, gracias a su larguísimo cuello, puede ver casi todo el mundo.

Las llamas devoraban la hierba y los arbustos y subían lamiendo los troncos de los árboles hasta las ramas, y aquel que podía volar, volaba; el que podía brincar, brincaba; el que podía correr, corría; y él que sólo podía arrastrarse, huía arrastrándose.

Arriba, en el cielo, humo y cenizas, y el color del Infierno.

—¡Por las garras de mi abuelo! ¡Qué locura es esta la que he hecho! —se lamentó
 el señor León mientras se metía en el río para no quemarse las patas.

Aún más se lamentó al ver que estaba solo, porque las hienas lo había abandonado.

—Y ahora, ¿qué puede hacer un rey sin reino?

El vagabundo del Cocodrilo, que sabe de la vida como la saben los vagabundos, le preguntaba:

—¿Acaso no es un rey el que hace reino?

—Sí, pero yo lo he destruido.

—Entonces, si lo has destruido es porque tú no eres ningún rey.

—¡Calla, por favor! ¡No me atormentes!

En los días siguientes, el pobre tonto del León buscó por todos los rincones de la jungla algo de comida, sin dar ni con una laucha
.

Al final, debió aceptar su triste realidad: la de tener que ir al fondo del río por alimentos.

Los peces lo miraron extrañados.

—¿Un león acuático?

Y los cangrejos exclamaban:

—¡Increíble! ¡Increíble!

En tanto en la otra orilla, el vagabundo del Cocodrilo, viendo las zambullidas de su vecino, reía de manera contenida:

—Ji, ji, ji... ¡Qué lección para el leoncillo! Ji, ji, ji... Ahora van a ver en lo que terminó este rey de la jungla. Ji, ji, ji... Sí, el mismo que mandó a poner moños de heno en la cabeza de los vecinos. Ji, ji, ji...

Una y otra vez el señor León iba y se sumergía en el río. Sí, una y otra vez, tantas que le comenzaron a aparecer escamas por todo el cuerpo, como las del señor Salmón. Y era tan extraño ver un león con escamas que había peces que salían huyendo, mientras otros casi se morían de la risa.

—Querido vecino Cocodrilo, ¿qué puedo hacer para volver Aruanda a lo que era antes? —dijo muy angustiado.

—Nada, vecinito. Solo esperar. Nada más que esperar. Esto no ha sido más que un aviso, una lección. Mañana será otro día.

—No comprendo.

—Paciencia. Ya verá...

Y fue en ese instante cuando el señor León se despertó, porque la señorita Garza, que había venido a pararse en su cabezota para sacarle unos mosquitos enredados en la melena, le picó sin querer una oreja.

Asustado, miró con ojos muy abiertos a su alrededor y olfateó en el aire buscando el olor a humo, pero nada. Todo estaba como desde el día en que Dios hizo el mundo, verde, fragante y hermoso.

El señor León dio un fuerte rugido de satisfacción que se escuchó en toda la jungla y más allá de la verde sabana donde pastan las señoras Cebras, los señores Antílopes y los señores Búfalos. Feliz estaba y con ningún deseo de ser ni hacerse rey de nada.

Volvió a rugir, ahora aún más gozoso.

Las orejas de los habitantes de la jungla de Aruanda se enderezaron y sus trompitas dejaron de rumiar la dulcísima hierba.

—¡Mm! ¡Qué bien! Parece que otra vez se ha despertado de buen humor el bueno del señor León —decían, mientras se aprestaban para reunirse en un claro del bosque, donde se contaban los sueños.


Luanda, capital de Angola. Los esclavos negros de Brasil deseaban regresar en vida a su tierra natal, Luanda. Con el tiempo, w derivó producto de la nostalgia— en Aruanda, tierra espiritual y
 mística.


Relato basado en un hecho real.

ESPINITA DE ROSA
 (La abeja domesticada)

Días antes de la Navidad de 2016, una abeja entró por el tragaluz de uno de los dormitorios, que puso muy nerviosos a Francesco y Nataniel. Ellos pensaban que, asustada, presa de pánico por el inesperado encierro, en cualquier momento clavaría su lanceta en el cuello o en los brazos de uno de ellos.











Me llamaron a gritos.
— ¡Hay una abeja en la pieza, papi! 
—¡Cómo pudo subir hasta el piso!
—¡Apúrate, papá! 🐝
Corrí adonde ellos y pedí calma. Que si se quedaban quietos, no les pasaría nada; mientras yo iba a la cocina a buscar un platillo con miel. 
Volví. Lentamente me acerqué a ella, le ofrecí su manjar.
Ella se posó en el platillo. Me la llevé a la cocina, donde abrí la ventana para ponerla en la baranda del corredor.










Bebió la miel un buen rato. Después voló hacia la calle.












La volvimos a ver antes que el sol se pusiera.
Se sirvió un poco y se fue. 🐝
En la noche cambié el platillo por otro de líneas azules.







Vino en la mañana. Se fue y volvió antes de la puesta del sol.🐝
Una vez que se hubo ido, cambié el platillo; pero ahora agregué uno más hondo, con agua fresca.
Al día siguiente, el 23, hizo lo que no nos esperábamos: bebió un poco de agua, se lavó las manos y la cara; enseguida se sirvió miel. Y se fue. Lo mismo hizo al atardecer.









El 24, la esperamos toda la mañana, toda la tarde, y no. No volvió nunca más.🐝
Tal vez el humo de alguna fogata, o un pájaro, o un hombre, acabó con su vida. No lo sabemos.
Solo nos quedó su recuerdo y el don que nos dio, porque desde entonces sentimos gran respeto por todo insecto. Ellos nos ven. Ellos sienten.
Esta Navidad Francesco y Nataniel se preguntaron de nuevo: 
—¿Qué habrá sido de Espinita de Rosa? —como la llamaron.
Y yo les dije:
—Pensar que la corta vida de una abeja puede dejarnos recuerdos y sentimientos tan dulces para toda la vida.🐝



Nataniel y Francesco, a Dichato. Enero 2017.



ACERCA DEL ORIGEN DE CIERTAS OLAS


Para mi hijo Nataniel

El deseo más íntimo que tuvieron Mireya y José Luis en el momento en que naufragaba la nave —ambos en busca de apoyo de la borda—, fue seguir unidos después de la muerte. 

José Luis despertó en el fondo del mar como capitán de un galeón naufragado a mediados del siglo XVI, en el Atlántico, camino a las Antillas; Mireya, en cambio, según el rumor de los espíritus del mar, andaba extraviada por senderos oscuros.

¡Cuánto la añoraba José Luis! Deseaba tenerla a bordo, que feliz desplegaría velas y surcarían los mares del mundo.


¿Qué será de ti, muchacha mía?

—se preguntaba, acodado en el canto de la borda; su lamento se iba con las corrientes submarinas.

No muy lejos del galeón —si es que se puede hablar de distancias en el mundo de los espíritus—, una muchacha oculta detrás de una roca volcánica cubierta de actinias, corales y algas, observaba al apuesto capitán. Arrobada de emoción, cantaba en susurro:

Oh mi amado... dulce amado...
Si solo con verte y oírte
Mi corazón verte y oírte
Ya está alegre y consolado

Al oír el canto, el capitán no podía creerlo:

Oh mi dios ¿qué canto es ese
Que viene de aquellas rocas?
¿Algún arte de las olas
O es mi sentir q ‘ enloquece?

Rizado se quedaba el silencio de la hondura del mar al oírlo.

Aquí está la que tú añoras
La que por ti al mundo vino
A este y al que ya vivimos
Que ambos ni faltan ni sobran
Mira...

Mírame y ve lo sufrido
Que ni arte soy de las olas
Ni una ilusión de tus ojos
Ni una anémona piadosa
Mira...


—decía ella por la senda de escamas que una luna submarina había dejado a su paso en pos de otras épocas.

La muchacha se veía pálida y su vestido recordaba la niebla en los puertos de la noche.


El joven no  podía contenerse. Exclamaba con devoción:

Oh visión maravillosa
Que ni las aguas la tocan...

Mireya tocaba con pies descalzos la arena; se dejaba llevar por la corriente que parecía diluirle los vestidos y la nave se iluminaba de rumores al sentirla cerca.

Solo las caricias tuyas
Tu abrazo tu ardor tus besos
De aquellas noches oscuras
Frías eternas de un invierno
Quiero...

Algo más intentaba decir, pero una delgada corriente se lo arrebataba de los labios.

Sus movimientos se sentían pesados y lentos por lo espeso que se tornaba el fondo marino con los gajos de algas y trozos de medusas y por el arrebato de las corriente y por los impetuosos pulsos del corazón que le perturbaban los sentidos.

Impaciente, José Luis le arrojaba la escalera de cuerdas, que descendía lenta, apegada al casco de la nave.

Él quería saltar por la borda y nadar a su encuentro; pero el viejo navío, en advertencia, se bamboleaba.


Mireya por fin cogía uno de los travesaños —su larga cabellera graciosa ondulaba en el agua— y comenzaba a subir sin apartar los ojos de los ojos del amado. Por eso no se fijó en la anguila que serpenteaba por entre algas y percebes que crecían en las junturas de las tablas.

Siento tu mano en mi mano
Como flor que se hace fruto

—decía él tendiéndole los brazos.

Cerca, flotaban peces extraños y solitarios.

En la cubierta, colgaban de los mástiles, las jarcias, pues, las velas y los foques estaban plegados. En el exterior, en una de las bandas, asomaba un par de cañones endulzados por la herrumbre de la paz de las profundidades.

Anhelantes, ya se rozaban los dedos, mientras las bocas despedían burbujas que ascendían hacia altas aguas donde a marineros se les oía cantar:

Por una luna
Que se desnuda
En la hondura del mar
Anda la espuma
En jirones de sal

Y en el momento que se volvían a decir 
 oh, con ojos tan ansiosos  «¡Te quiero!... ¡Te quiero!...», un fuerte chasquido esplendente se oyó a los pies de Mireya.

Ella se arqueó en los brazos del amado que, desde la borda, la sostenía como al borde de un abismo.

«¡Te quiero!», se les escuchó de nuevo decir.

Mas el «Te quiero» no llegó a ningún oído.

Solo subió en burbujas a rizar la superficie del mar que, en otras latitudes, desencadenaría olas tempestuosas contra naves cargadas de ilusiones para tristeza de muchachas de lejanos puertos que esperaban impacientes a sus novios.



              

HISTORIA DEL LAGO QUE NO TENÍA LEYENDA
Para mi hijo Francesco

 


Premio Regional de Relatos Campesinos
del Ministerio de Agricultura.
Región del Libertador General Bernardo O'Higgins.


Esta es la historia de un lago que siempre estaba triste, porque no tenía leyenda. Sin embargo, guardaba una ilusión: ver llegar a la orilla a un moribundo que fundara la leyenda.
A veces se desbordaba y salía a buscarlo con sus mil ojos por entre los matorrales y los árboles del bosque; solo para regresar desilusionado al croar de los juncos.
En vano encargos con las garzas. Los recados iban y venían de sur a norte, de año en año. Pero nada.
Entonces se ponía triste como un charco. Lloraba como un otoño, lloraba mucho.
Una noche—justamente una noche de San Juan—, al fin apareció un hombre en los juncos dando aletazos de garza agónica.
Regocijado lo recogió y lo acunó en sus entrañas.
Se puso feliz. Reía como suelen ellos reír. Oh, Dios, no había lago más encantado en toda la tierra como nuestro lago.
Sin demora, preso de impaciencia, comenzó a enseñarle todos los cantos. Imagínense: todos los cantos del agua, todos los cantos de la noche en el lago. Hasta que estuvo listo para dar paseos nocturnos por el bosque.
En aquellas ocasiones, las más alegres del hombre, este solía desarmar trampas, correr y revolcarse en la húmeda hierba de la medianoche.
Regresaba al alba.
Mas, un día no volvió, y a pesar de que el lago sabía que aquello sucedería tarde o temprano, lo llenó de tristeza.
—Llegará la hora, no sé cuándo —le había dicho— en que tomarás el camino que va a la aldea. Te harás jornalero y te extraviarás entre los campesinos; les enseñarás todos los cantos que por años te he enseñado. Es menester que así sea para fundar la leyenda, porque es mi deseo que los campesinos vengan a cantar, danzar y beber a mi orilla.
Y es lo que quiso hacer el hombre. No obstante, en la aldea nadie lo atendió. Lo despreciaron.
—¡Allá viene el loco! —gritaban los niños.
Los grandes reían y le hacían reverencias.
—¡Escuchen, hermanos! —les decía el hombre.
¡Escuchen estos cantos!
En respuesta, los aldeanos le ofrecían calabazas chorreando vino y, como rechazaba el invite, se las vaciaban en la cabeza.
Era gente, además de sorda, muy ciega y mezquina.
Por eso el lago hizo lo que hizo.
Una mañana los campesinos vieron con extrañeza que el agua que bajaba por los canales había disminuido.
Intrigados, fueron al lago y, desconcertados, no podían creer lo que veían sus ojos: que el nivel del agua había descendido a la mitad.
Todos en la aldea pensaron que era algo pasajero. Al contrario, en los días siguientes el agua continuaba disminuyendo.
Garzas, patos y cuanta pluma pudiera emigrar, emigraba.
Aunque lo peor vendría al término del año. Las cosechas apenas recuperaban lo sembrado. Las hembras de los animales perdían las crías. Las aves de corral morían por las epidemias. Y los pastizales, amarilleaban.
—Escuchen mis cantos. Son los cantos del lago.
¡Repitan conmigo! —les suplicaba.
Aún así, más sorda se ponía la gente.
Unos le lanzaban piedras, otros le azuzaban perros; todo el mundo lo acusaba de brujo o de loco.
—Escuchen, hermanos ...
Pero nada.
Y el lago más se reducía.
Entonces el hambre y las enfermedades hicieron su aparición.
Se inició el éxodo
Los campesinos cargaron las carretas con sus cosas y, junto a la familia y algunos animales huesudos, comenzaron a abandonar la aldea en polvorientas caravanas.
—¡Escuchen! ¡Escuchen! —les gritaba el hombre.
Pero, como ya dijimos, nadie oía, y la aldea quedó abandonada.
Se dice que el pobre hombre, sintiéndose tan solo y decepcionado, no pudo evitar el llanto y que sus lágrimas cayeran sobre el lecho seco del lago.
Lloró días, lloró noches, y por cada lágrima, una cuarta el lago crecía, y así siguió creciendo hasta desbordarse.
Pronto, la noticia, la buena nueva, la conocieron todos.
Las garzas retornaban con sus albos vuelos; la alada V de los patos silvestres se deshacía en los junquillos que comenzaban a rodear el lago; la tagua y el pidén danzaban en la tersura de sus aguas; la brisa tendía la alfombra de pasto sobre los campos; mariposas y abejas; libélulas, chinitas, lagartijas, peces... Es decir, toda vida era vida, el amor era amor y la muerte un renacimiento.
Así, con la mayor naturalidad del mundo, nuestro cantor se fue transformando en un verde sauce del que nacían todos los pájaros del valle con sus trinos.
Es lo que se dice.
Se dice, incluso, que más de algún transeúnte que ha pasado por ahí y detenido a refrescarse en aquellas aguas y aquellas sombras, ha creído oír hermosos cantos, como le sucedió al poeta del Valle de Colchagua, que recogió, según se dice, varios de ellos mientras sombreaba junto al sauce.
Es lo que se dice.
Es la leyenda.


EL ANILLO




Composición casual en la ventana verde

綠窗偶成 病眼看花愁思深,幽窗獨坐撫瑤琴

。黃鸝p似知人意,柳外時時弄好音

 

Miro las flores con ojos enfermos, sumida en pensamientos melancólicos, sentada sola

en la ventana apartada, toco la cítara decorada con jade.

Los orioles amarillos parecen entender

la mente de la gente, desde

más allá del sauce envían hermosos

sonidos una y otra vez.

 

Poetisa DONG Xiaowan*



En el pórtico enramado de madreselvas, estaba la muchacha esperando al poeta desterrado de la ciudad.
Juntos conjurarían el maleficio de los mercedarios, gracias al anillo guardado por ella celosamente.
La sortija había sido traída por los mares a la América del Sur por silenciosos galeones hispanos.
Su forma, según cuentan romanceros del siglo
XVII, era la cifra circular del sino de una princesa china de la dinastía Ming, obligada, tras la rebelión liderada por Li Zicheng, a huir de su palacio envuelta en humildes mantas, acompañada de eunucos convenidos en asilarla en un fumadero de opio, en el cual una noche conocería a un capitán andaluz.
El fumadero estaba ubicado junto
a las aguas del Yangtsé, de cuya fresca esmeralda se extrajo el ojo de
la sortija hecha de roca metamórfica.
Con el tiempo, la íntima joyita
fue sacada a puertos
de Occidente por el mozo español.
Pero el joven enfermó de gravedad, aun cuando, antes de morir, alcanzó en un instante de lucidez a depositar la prenda en la ahilada angostura del cristal de las horas, por ser el único lugar posible de
permanecer sin marchitarse.
Por aquella época, los marineros soñaban con embarcarse en galeones
a través de los mares del
Pacífico, animados por los relatos de viajeros acerca de
una ciudad colonial
en la verde Amerindia.
En esta zona, muchachas enamoradas se sentaban en la piedra del pórtico de madreselvas, embelesadas en la contemplación de fontanas de suspiros.
Además, se hablaba de esta esquina del mundo como de un reino de fantasías, por los prodigios vistos
en cuanto llegaba la primavera.
Por ejemplo:
Brisas celestes enamoradas del aire.
O revoloteos de cartas venidas sin remitente. O vagones de rosas
de vagorosas eras.
O ecos de ambiguas batallas de constelaciones contra constelaciones;
o   de astrólogos árabes contra poetas enloquecidos
de astros;
o   de faroles contra melancolías de crepúsculos.
Como aquel crepúsculo en la piedra del pórtico de madreselvas donde la afortunada muchacha recibió la clepsidra de arena con la sortija sin ser vista por nadie. Sus pasos se pierden en el aire del olvido.
Mas no en aquel crepúsculo de celestes brisas enamoradas del aire,
porque con la nueva
primavera, llegado había el poeta.
El poeta había sido desterrado por ironizar la santurronería de las sociedades literarias.
Sin embargo, él guardaba
una carta sin remitente
firmada por un capitán andaluz.
La carta había entrado revoloteando
en su cuarto a
la hora del crepúsculo.
En ella se le encomendaba la misión
de guiar a la muchacha de la sortija
a la puerta de una casa
abandonada. En la puerta, los esperaría
una aldaba 
Emocionados, corrieron por calles
de cerezos floridos.
Corrieron cuidando de no
toparse con gendarmes
o comisarios de sociedades literarias.
Así, de pronto, se hallaron
frente a la misteriosa
casa, apenas dándole crédito a sus ojos.
Sin embargo, ahí estaba la aldaba.
Un gorrión, desde más allá
de los sauces, enviaba
hermosos sonidos.
maleficio de los mercedarios.
El poeta se arrodillaba ante la muchacha.
La ciudad cantaba.
La primavera tenía reina.
La ciudad se escuchaba.
Decía su historia.
Atendía el silencio. El trino de las aves.
Al día siguiente, toda la ciudad se reunió en la plaza a leer los signos originales de la Grande Morada, porque, solo en esta estancia, podían oír las voces de los viejos colonos atareados en la urbanización de la ciudad; o revivir, cada cual,
su infancia o adolescencia.
El poeta recordó la suya cuando escribía, en su cuarto, los primeros versos junto a la ventana verde, solo por verla pasar con la doncella hacia el jardín poblado de magnolios, cerezos, cipreses, donde desaparecía, no sin antes mirarlo
con encantadores
Expectantes, mirándose, sosteniendo la joya en sus manos, se acercaban a poner, en la aldaba maniforme, la sortija cuyo ojo esmeralda al fin deshacía el
ojos rasgados.
Es decir, la misma princesa china en el principio de otro ciclo, ahora reverenciada por el Concejo, los
vecinos, los jóvenes.
Entretanto, en la piedra del pórtico de madreselvas, muchachas esperanzadas de amor, agasajaban al poeta de vuelta a casa.
 
13 /01/ 2006. Reescrito en octubre 2021.] 

 


*Dong Xiaowan (1624–1651) fue
una cortesana china, poetisa y escritora, 
también conocida por su seudónimo Qinglian.


Dong ha sido descrita como la más famosa
cortesana de su época,
renombrada por su belleza y talento en el canto,
la costura y la ceremonia del té.
Vivía en el distrito del placer, el barrio de los burdeles, de Nankín. Al igual que otras cortesanas de finales de la Dinastía Ming, las cualidades morales de Dong eran enfatizadas entre sus admiradores
más que sus talentos.




  



Harold Durand ha obtenido el Premio Poesía 1986, Concurso Internacional convocado por el semanario Liberación de Malmö, Suecia. Premio Poesía 1993, concurso convocado por Sydförfattaren centrum, Lund, Suecia, por el libro en sueco Flaskposten. Primer
Premio Concurso Escandinavo de Literatura 1997, organizado por Casa Cultural Chilena y Embajada de Chile en Noruega para suramericanos residentes en los países escandinavos. Ha recibido, en 1997, el Estipendio Anual del Fondo de Escritores de Suecia y el Premio Cóndor, Mención Literatura, galardón que Chilenska Riksförbundet otorga a chilenos que destacan en Suecia. En 1998, uno de sus poemas fue seleccionado para la antología Poesi på väg (Poesía en el camino) de la Dirección del Metro de Estocolmo (SL), luego del concurso de poesía auspiciado por su Consejo Cultural (SLs konstråd). En la antología se incluyeron poemas de grandes autores contemporáneos. En Chile, 2009, la Beca Nacional de Creación Literaria del FONDART y el Primer Premio Regional de Relatos Campesinos del Ministerio de Agricultura. En 2019, el primer lugar de poesía en el IV Concurso Literario Cementerio Metropolitano y Aguja Literaria.

   

 




 

 

 

 

 

 

 

 




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