domingo, 6 de septiembre de 2026

HISTORIA DE UN LAGO




Premio Regional de Relatos Campesinos
del Ministerio de Agricultura.
Región del Libertador General Bernardo O'Higgins.

HISTORIA DE UN LAGO
Para mi hijo Francesco


Esta es la historia de un lago que no tenía leyenda.
Su ilusión era ver llegar a alguien a medianoche para enseñarle —a cambio de una nueva vida— todos sus cantos. Imagínense: los cantos de la noche en el lago, y que debería llevar a los campesinos. 
A veces se desbordaba y lo salía a buscar con mil ojos por entre matorrales y árboles del bosque. Regresaba desilusionado al croar de los juncos.
En vano encargos con las garzas. Ni siquiera volvían.
Una noche —justo a inicios del We Tripantu— apareció un hombre en los juncos dando aletazos de garza agónica. Regocijado lo recogió y lo acunó en sus entrañas.
Oh, ¡Dios! No había lago más encantado en toda la tierra.
Ansioso, comenzó a enseñarle sus cantos. 
Al poco tiempo estuvo listo para dejarlo ir de noche al bosque.
En aquellas ocasiones, las más alegres del hombre, este solía desarmar trampas, correr y revolcarse en la húmeda hierba.
Regresaba al alba.
Mas, un día no volvió.
—Llegará la hora, no sé cuándo —le había dicho el lago—, tomarás el camino de la aldea. Te harás jornalero y te confundirás con los campesinos y, a su debido tiempo, comenzarás a enseñarles todos los cantos que te he enseñado. Todos los cantos. Es menester que así sea para fundar la leyenda, pues es mi deseo ver a los campesinos venir a cantar, danzar y beber a mi orilla.
Es lo que quiso hacer el hombre. No obstante, en la aldea nadie lo atendió. Lo despreciaron.
—¡Allá viene el loco! —gritaban los niños.
Los grandes reían y le hacían reverencias.
—¡Escuchen, hermanos! —les decía el hombre. ¡Escuchen estos cantos!
En respuesta, los aldeanos le ofrecían calabazas chorreantes de vino y, como rechazaba el invite, se las vaciaban en la cabeza.
Era gente, además de sorda, muy ciega y mezquina.
Por eso el lago hizo lo que hizo.
Una mañana los campesinos vieron con extrañeza que el agua que bajaba por los canales había disminuido.
Intrigados, fueron al lago y, desconcertados, no podían creer lo que veían sus ojos: que el nivel del agua había descendido a la mitad.
Todos en la aldea pensaron que era algo pasajero. Al contrario, en los días siguientes el agua continuaba disminuyendo. 
Garzas, patos y cuanta pluma pudiera emigrar, emigraba. 
Aunque lo peor vendría al término del año. Las cosechas apenas recuperaban lo sembrado. Las hembras de los animales perdían las crías. Las aves de corral morían por las epidemias. Y los pastizales, amarilleaban.
—Escuchen mis cantos. Son los cantos del lago. ¡Repitan conmigo! —les suplicaba, y más sorda se ponía la gente.
Unos le lanzaban piedras, otros le azuzaban perros; todo el mundo lo acusaba de brujo o de loco.
—Escuchen, hermanos...
Pero nada.
Y el lago más se reducía.
Entonces el hambre y  las enfermedades hicieron su aparición.
Se inició el éxodo
Los campesinos cargaron las carretas con sus cosas y, junto a la familia y algunos animales huesudos, comenzaron a abandonar la aldea en polvorientas caravanas.
—¡Escuchen! ¡Escuchen! —les gritaba el hombre.
Pero, como ya dijimos, nadie oía, y la aldea quedó abandonada.
Pronto, la noticia, la buena nueva, la conocieron todos.
Las garzas retornaban con sus albos vuelos; la alada V de los patos silvestres se deshacía en los junquillos que comenzaban a rodear el lago; la tagua y el pidén danzaban en la tersura de sus aguas; la brisa tendía la alfombra de pasto sobre los campos; mariposas y abejas; libélulas, chinitas, lagartijas, peces...
De suerte que, con la mayor naturalidad del mundo, nuestro cantor se fue transformando en un verde sauce.
Se dice que el pobre hombre, sintiéndose tan solo y decepcionado, no pudo evitar el llanto y que sus lágrimas cayeran sobre el lecho seco del lago.
Lloró días, lloró noches, y por cada lágrima, una cuarta el lago crecía, y así siguió creciendo hasta desbordarse.
Se dice, incluso, que más de algún transeúnte que ha pasado por ahí y detenido a refrescarse en aquellas aguas y aquellas sombras, ha creído oír hermosos cantos, como le sucedió al poeta del Valle de Colchagua, que recogió, según se dice, varios de ellos mientras sombreaba junto al sauce.
Es lo que se dice.
Es la leyenda.
Es lo que se dice.




Ediciones Revista





miércoles, 5 de agosto de 2026

DONG Xiaowan


PIRJO

Behind her a man about
fifty, with dead eyes.

ROBERT MEZEY


Dama Blanca llaman los otros enfermos a esa mujer larga y canosa vestida de alba. A mí se me ocurre reina muy siglo veinte, si se le compara con las nobles de hoy. Sus enormes ojos están abiertos al cielo de Estocolmo y su voz habla de los pájaros que lo cruzan desde la infancia, aún cuando confunde los tiempos:

arden los pájaros volanderos en mis ojos heridos, sudan las manos sobre el teclado, añoran los pezones de la pubescencia las caricias del hombre, se constriñe el vientre voluptuoso, se cierran firmes mis muslos y mis rodillas huesudas para hacer más violenta la entrega...

arde el sol en las encinas, roen las ardillas las bellotas, suben por los brazos velludas manos y roen dedos gordos las bellotas de mis pechos...

trepan, se encaraman las teclas del piano por mi columna donde bajan y suben falseados, distorsionados, mozart, sentimientos...

flotan húmedas notas en la sala de diario como moscas obscenas...

observa, vigila el pastor luterano a mi madre que va por el recuadro superior de la ventana escalando las rocas en busca del mar hasta que desaparece tras ellas con la esperanza de mi redención...

ciegos...

qué ciego ha de estar el cielo para que su pastor allegue a mi cuello su aliento de alma ludida en la lascivia...

ciegos han de estar todos para no ver las pobres piernas púberes ardorosas que junto y abro incesante por temor al infierno y al cielo...

se enroscan los senos sofocados por la mata de pelo que arde en los hombros...

cansada estoy, padre...

turbina arrogante que mi santa madre no resiste...

andariega que llega cada tarde a las playas del báltico para enviar besos a su finlandia mientras la suecia en el mälar lavándose está  las manos pringadas y mi padre izando la bandera azul de cruz dorada y despatarrada...

sigilosas las tropas nazis cruzan a media noche los bosques...

¡dios santo! tanto pudor no comprendo si el cañón entra y sale una y otra vez arrojando su baba...

corro...

corro corro a la sala de baño chorreando las piernas...

¡ay madre santa! por poco la ternura del pecado me corta las venas tras el beso de tus buenas noches que con tanta impaciencia aguardaba cuando era la niñita de tus trenzas...

¡no resisto!... ¡no resisto!...

Los enfermos se han cansado de tantos desvaríos y obscenidades. Es entonces cuando viene Annika, la enfermera, y le enciende el cigarrillo. Sin embargo, la Dama Blanca ríe y apunta los pájaros que vuelan por sobre los tejados calientes del verano y se sube la túnica de su senectud sin cesar de contar lo que acontece ante sus grandes ojos azules: su historia apeada del tiempo real. Sorprendente es el humo que brota límpido de sus labios lívidos, en contraste con el humo que se muestra en la pantalla del televisor: la guerra en los Balcanes, mientras una bandera sueca ligeramente flamea por la derecha de la ventana.



















 EL ANILLO




Composición casual en la ventana verde

綠窗偶成 病眼看花愁思深,幽窗獨坐撫瑤琴

黃鸝p似知人意,柳外時時弄好音

 

Miro las flores con ojos enfermos, sumida en pensamientos melancólicos, sentada sola en la ventana apartada, toco la cítara decorada con jade.

Los orioles amarillos parecen entender la mente de la gente, desde más allá del sauce envían hermosos sonidos una y otra vez.

Poetisa DONG Xiaowan*




En el pórtico enramado de madreselvas, estaba la muchacha esperando al poeta desterrado de la ciudad.
Juntos conjurarían el maleficio de los mercedarios, gracias al anillo guardado por ella celosamente.
La sortija había sido traída por los mares a la América del Sur por silenciosos galeones hispanos.
Su forma, según cuentan romanceros del siglo XVII, era la cifra circular del sino de una princesa china de la dinastía Ming, obligada, tras la rebelión liderada por Li Zicheng, a huir de su palacio envuelta en humildes mantas, acompañada de eunucos convenidos en asilarla en un fumadero de opio, en el cual una noche conocería a un capitán andaluz.
El fumadero estaba ubicado junto a las aguas del Yangtsé, de cuya fresca esmeralda se extrajo el ojo de la sortija hecha de roca metamórfica.
Con el tiempo, la íntima joyita fue sacada a puertos de Occidente por el mozo español.
Pero el joven enfermó de gravedad, aun cuando, antes de morir, alcanzó en un instante de lucidez a depositar la prenda en la ahilada angostura del cristal de las horas, por ser el único lugar posible de permanecer sin marchitarse.
Por aquella época, los marineros soñaban con embarcarse en galeones a través de los mares del Pacífico, animados por los relatos de viajeros acerca de una ciudad colonial
en la verde Amerindia.
En esta zona, muchachas enamoradas se sentaban en la piedra del pórtico de madreselvas, embelesadas en la contemplación de fontanas de suspiros.
Además, se hablaba de esta esquina del mundo como de un reino de fantasías, por los prodigios vistos en cuanto llegaba la primavera.
Por ejemplo:
Brisas celestes enamoradas del aire.
O revoloteos de cartas venidas sin remitente.
O vagones de rosas de vagorosas eras.
O ecos de ambiguas batallas de constelaciones contra constelaciones; o de astrólogos árabes contra poetas enloquecidos de astros; o de faroles contra melancolías de crepúsculos. Como aquel crepúsculo en la piedra del pórtico de madreselvas donde la afortunada muchacha recibió la clepsidra de arena con la sortija.
Sus pasos se pierden en el olvido.
Hasta el otro crepúsculo de celestes brisas enamoradas del aire, porque con la nueva primavera, llegado había el poeta.
El poeta había sido desterrado por ironizar la santurronería de las sociedades literarias.
Sin embargo, él guardaba una carta sin remitente firmada por un capitán andaluz.
La carta había entrado revoloteando en su cuarto a la hora del crepúsculo.
En ella se le encomendaba la misión de guiar a la muchacha de la sortija a la puerta de una casa abandonada. En la puerta, los esperaría una aldaba.
Emocionados, corrieron por calles de cerezos floridos.
Corrieron cuidando de no toparse con gendarmes o comisarios de sociedades literarias.
Así, de pronto, se hallaron frente a la misteriosa casa, apenas dándole crédito a sus ojos.
Sin embargo, ahí estaba la aldaba.
Con mucho cuidado (él tenía su mano en la mano de ella), se acercaron y colocaron en el dedo de la aldaba maniforme, la sortija.
Retrocedieron y esperaron expectantes.
El ojo verde poco a poco se encendía e iluminaba la noche. En el aire se notaba cómo lo ponzoñoso que ponía mal a la gente, comenzaba a disolverse: el maleficio de los mercedarios.
El poeta se arrodillaba ante la muchacha.
La ciudad cantaba.
La primavera tenía reina.
La ciudad se escuchaba.
Decía su historia.
Atendía el silencio.
El trino de las aves.
Al día siguiente, toda la ciudad se reunió en la plaza a leer los signos originales de la Grande Morada, porque, solo en esta estancia, podían oír las voces de los viejos colonos atareados en la urbanización de la ciudad; o revivir, cada cual, su infancia o adolescencia.
El poeta recordó la suya cuando escribía, en su cuarto, los primeros versos junto a la ventana verde, solo por verla pasar con la doncella hacia el jardín poblado de magnolios, cerezos, cipreses, donde desaparecía, no sin antes mirarlo con encantadores.
Expectantes, mirándose, sosteniendo la joya en sus manos, se acercaban a poner, en la aldaba maniforme, la sortija cuyo ojo esmeralda al fin deshacía el ojos rasgados.
Es decir, la misma princesa china en el principio de otro ciclo, ahora reverenciada por el Concejo, los vecinos, los jóvenes.
Entretanto, en la piedra del pórtico de madreselvas, muchachas esperanzadas de amor, agasajaban al poeta de vuelta a casa.

 
13 /01/ 2006. Reescrito en octubre 2021.] 

 


*Dong Xiaowan (1624–1651) fue
una cortesana china, poetisa y escritora, 
también conocida por su seudónimo Qinglian.


















Dong ha sido descrita como la más famosa
cortesana de su época,
renombrada por su belleza y talento en el canto,
la costura y la ceremonia del té.
Vivía en el distrito del placer, el barrio de los burdeles, de Nankín. Al igual que otras cortesanas de finales de la Dinastía Ming, las cualidades morales de Dong eran enfatizadas entre sus admiradores
más que sus talentos.







oooooooooo

Al día siguiente toda la ciudad se reunió en la plaza a leer los signos originales de la Grande Morada porque solo desde este solaz obscuro de luz podían oír las voces de los viejos colonos atareados en la urbanización de la ciudad o ver cada cual su infancia o adolescencia.
El poeta recordó la suya cuando escribía en su cuarto los primeros versos junto a la ventana verde solo por verla pasar con la doncella hacia el jardín poblado de magnolios cerezos cipreses donde desaparecía no sin antes mirarlo con encantadores ojos rasgados.
Es decir
la misma princesa china en el principio de otro ciclo ahora reverenciada por el Concejo los vecinos los jóvenes.
Entretanto en la piedra del pórtico de madreselvas muchachas esperanzadas de amor agasajaban al poeta de vuelta a casa.









miércoles, 9 de julio de 2025

Del libro Gizbar

 



ÉRASE UNA VEZ UN DÍA GRIS


¿Qué determina el ánimo del lago?

El cielo, sin duda.

Si es azul, los cisnes surcan las aguas, las gaviotas andan con una algazara de carnaval y las parejas de amantes detienen  sus pasos al besarse las sonrisas.

No si es gris.

Solo un solitario como yo deambula por la orilla de un lago donde todo es umbría e indiferencia.

Salvo la gaviota posada en la farola a la vera del sendero. 

Estoica, con sus ojos claros me alienta a que me sumerja  en mí mismo.

¡Miren!

Un cielo azul comienza a clarear en el ánimo.

21 de febrero de 2006, Lilla Essingen, Estocolmo.

jueves, 1 de mayo de 2025

Del libro El reloj de péndulo




LA ARAÑA [SACRUM FIERE]

Una araña ha hecho nido en mi cabeza. ¡En mi cabeza!

Hoy me la he visto en el espejo. He visto su corona de ocelos. ¡Miraban mi ridículo par de ojos!

Sí, demasiado cerca y demasiado lejos.

Si bien, en el transcurso de las horas —he de confesar—, de a poco nos acostumbramos el uno al otro. Congeniamos lo más bien y nos ponemos de acuerdo en una y otra materia, al grado de sentirnos una sola araña. Una araña que cada noche urde un velo con hilos tan sutiles como los del vellón de la ilusión.

¿Por cuánto tiempo?

Hasta el momento de ser la única labor que concibamos en el mundo, lo único que vean nuestros numerosos ojos y lo que recorramos con nuestras ocho peludas patas.

Es decir, cuando seamos Dios.


* Sacrum fiere: volverse sagrado


miércoles, 18 de diciembre de 2024

Del libro Como olvidado de mi país

 





IMMANUEL KANT ANTE EL CONGELAMIENTO DE LA COSA EN SÍ


   Cuando bajé a dar el habitual paseo por la orilla del lago después de almuerzo, oscurecía.

   Estaba helado.

   Aves denegridas aleteaban en el horizonte.

   Brisas de hielo venían desde las grandes rocas.

   Patos y cisnes, de manera extraña, se hallaban a esa hora en los robles.

   Algo más había en el ambiente: una actitud expectante.

   Pensé proseguir con el paseo.

   De pronto, el tiempo se pasmaba en mi ánimo: la superficie del agua comenzaba a cubrirse con pálidas escamas...

   ¡No podía creerlo!

   El lago se congelaba.

   ¡Era increíble!

   Había sorprendido a la naturaleza en su labor reservada.

   Quise compartir el prodigio; sin embargo no  hallé más que sombras, sombras y una que otra estrella.

   Solo, en medio de una agitada quietud, agradecía que se me hubiera dado en secreto el saber de las aves, de los animales y de los árboles.

   Me complacía haber sido separado de la manada, pues, el único diálogo es con el individuo.

   Con gusto me habría puesto a andar sobre las aguas entumecidas, o emigrado con los cisnes cuando al alba alzaran alas como ángeles de un nuevo reino.

   Sin embargo, optaba por el ángel proscrito que soy.


     08 de febrero de 2006, Lilla Essingen, Estocolmo.





lunes, 9 de diciembre de 2024

Del libro Saga de la muchacha de largos cabellos y su gato




BUQUE FANTASMA

Por el camino de "Madrigal" de José Lezama Lima.


  Soy como el marinero de José Lezama Lima llamado por la palabra marea que se ha unido a los clamores de alfileres sin sueño. Es decir, heridas sin ilusión.

  Pero yo no soy un marinero, y si lo soy, soy el de Rafael Alberti: marinero en tierra. No hay naves ni mares para mí; al decir del poeta cubano, me hallo entre dos recuerdos.

  La nostalgia del marinero no es el mar sino la ilusión, por eso bajará a tierra, en cualquier tierra, a buscarla, a encontrarse con ella, y si no la halla, con su corazón ahogado zarpará en buque fantasma. Y esta es la esencia de la leyenda.

  Un buque fantasma nunca arriba a puerto alguno porque sus marineros como perdieron la ilusión, se embriagan con el ron de la tristeza.

  A veces los marineros cantan y sus cantos llegan a los oídos de las mujeres en los puertos, las que se asoman a las ventanas mientras otros hombres les soban las nalgas, un derecho que se ganaron solo porque las sedujeron con regalos tontos.

  Pero si los marineros del buque fantasma abandonaron la ilusión, no abandonan la nostalgia, y de pura nostalgia se tatúan los brazos con corazones que nunca llenan con nombres. No porque no quieran sino porque no los recuerdan, ni los propios.

  Son poetas sin palabras.

  Pero la nostalgia de ellos tiene hambre. De ahí las sirenas.

  ¡Pobres marineros!

   Pero yo no soy un marinero de un buque fantasma, y si lo soy, tengo palabras, y cuando las mujeres avistan desde los puertos las velas de mi nave, corren a bañarse a las llaves de los patios y endulzan sus senos con agua de colonia; se ponen vestidos de tela delgada y suave para mis manos y echan a los tontos de sus casas y me dejan que yo les cuente historias de mares y de otras tierras y me perdonan como yo perdono a ellas.

   Soy como el marinero de José Lezama Lima llamado por la palabra marea que se ha unido a clamores de alfileres sin sueño. Pero yo no soy un marinero, sino este que va y viene y ama como un marinero a las muchachas que lo engañan con ilusiones. Al menos eso para que yo cante mi canto favorito:

Dulce sueño, dulce estancia,
Si mi amor se va contigo,
Que se quede tu fragancia.

Donde me dejas, te dejo.
Donde llegas, te recibo.
Cuando lloras, te consuelo.
Cuando me olvidas, te olvido.

Tal como viene la vida,
Así también el amor.
El que ayer nada tenía,
Hoy ya tiene su dolor.

Dulce sueño, dulce estancia,
Si mi amor se va contigo,
Que se quede tu fragancia.


jueves, 5 de diciembre de 2024

Del libro Gizbar

 




ULISES TIENE LOS OJOS TRISTES POR LA NIEBLA

   El retorno a la pequeña pátria tras años de exilio,
puede resultar una odisea acabada en farsa
si del nido de olivo se hizo leña.


   Por fin. Yo regresaba a casa.
   Inicios de invierno.
   Oscurecía cuando el autobús cruzó el puente del río Ñuble*.
   El caudaloso río de ayer era ahora un lecho pedregoso, poblado de ánimas*.
   De pronto divisé la ciudad.
   Allá estaba. Allá en su niebla.
   No pude sino evocar con emoción las farolas del alumbrado, reducidas a nimbos. De igual forma, las siluetas borrosas de los vecinos y los arces por la calle.
   Fue lo último de la memoria antes de llegar al terminal.
   Al bajar del autobús, comencé a toser.
   Tos... tos... Tos de los pulmones y tos del alma.
   Desalentador  era ver que los pretendientes de mi Penélope habían corrompido la pequeña patria con el humo de sus pasiones, al abrasar los montes.
   Niebla era; hoy, bruma.
   Niebla era; hoy, memoria.
   Niebla triste en mi corazón en el retorno.
   ¿Me reconocerían los amigos  en la ciudad ciega?
   Argos se me acercó, flaco y suturado de garrapatas, seguido de otros perros vagos.


   23 de mayo de 2006


*En el río Ñuble arrojaban a los presos políticos ejecutados durante los primeros años de la dictadura. Todos ellos integran la larga lista de detenidos desaparecidos en el país.

Yo pude ser uno de ellos, si no es por un dirigente de derechas que lo impidió. Yo era el profesor de su hijo.


HISTORIA DE UN LAGO

Premio Regional de Relatos Campesinos del Ministerio de Agricultura. Región del Libertador General Bernardo O'Higgins. HISTORIA DE UN LA...