sábado, 27 de marzo de 2021

Del libro Relatos ingenuos


HISTORIA DEL LAGO QUE NO TENÍA LEYENDA


Para mi hijo Francesco


Premio Regional de Relatos Campesinos
del Ministerio de Agricultura.
Región del Libertador General Bernardo O'Higgins.


Esta es la historia de un lago que no tenía leyenda, por eso siempre estaba triste.

Su esperanza era recibir noticias de los espíritus de la Laguna Changuiué, Chinué y Chaú, de la tierra de los mapuches. Las garzas iban de luna a luna con encargos, en vano. 

Entonces se ponía triste. Lloraba como un otoño, lloraba mucho.

Una noche—justo a inicios del We tripantu— apareció un hombre en los juncos dando aletazos de garza agónica.

Regocijado lo recogió y lo acunó en sus entrañas.

Oh, ¡Dios! No había lago más encantado en toda la tierra como nuestro lago.

Sin demora, poseido por la impaciencia, comenzó a enseñarle todos los cantos. Imagínense: todos los cantos del agua, todos los cantos de la noche en el lago.

En poco tiempo estuvo listo para dejarlo ir de noche al bosque.

En aquellas ocasiones, las más alegres del hombre, este solía desarmar trampas, correr y revolcarse en la húmeda hierba.

Regresaba al alba.

Mas, un día no volvió.

—Llegará la hora, no sé cuándo —le había dicho el lago—, tomarás el camino de la aldea. Te harás jornalero y te confundirás con los campesinos y, a su debido tiempo, comenzarás a enseñarles todos los cantos que por años te he enseñado. Todos los cantos. Es menester que así sea para fundar la leyenda, pues es mi deseo ver a los campesinos venir a cantar, danzar y beber a mi orilla.

Es lo que quiso hacer el hombre. No obstante, en la aldea nadie lo atendió. Lo despreciaron.

—¡Allá viene el loco! —gritaban los niños.

Los grandes reían y le hacían reverencias.

—¡Escuchen, hermanos! —les decía el hombre. ¡Escuchen estos cantos!

En respuesta, los aldeanos le ofrecían calabazas chorreantes de vino y, como rechazaba el invite, se las vaciaban en la cabeza.

Era gente, además de sorda, muy ciega y mezquina.

Por eso el lago hizo lo que hizo.

Una mañana los campesinos vieron con extrañeza que el agua que bajaba por los canales había disminuido.

Intrigados, fueron al lago y, desconcertados, no podían creer lo que veían sus ojos: que el nivel del agua había descendido a la mitad.

Todos en la aldea pensaron que era algo pasajero. Al contrario, en los días siguientes el agua continuaba disminuyendo

Garzas, patos y cuanta pluma pudiera emigrar, emigraba. 

Aunque lo peor vendría al término del año. Las cosechas apenas recuperaban lo sembrado. Las hembras de los animales perdían las crías. Las aves de corral morían por las epidemias. Y los pastizales, amarilleaban.

—Escuchen mis cantos. Son los cantos del lago. ¡Repitan conmigo! —les suplicaba, y más sorda se ponía la gente.

Unos le lanzaban piedras, otros le azuzaban perros; todo el mundo lo acusaba de brujo o de loco.

—Escuchen, hermanos...

Pero nada.

Y el lago más se reducía.

Entonces el hambre y  las enfermedades hicieron su aparición.

Se inició el éxodo

Los campesinos cargaron las carretas con sus cosas y, junto a la familia y algunos animales huesudos, comenzaron a abandonar la aldea en polvorientas caravanas.

—¡Escuchen! ¡Escuchen! —les gritaba el hombre.

Pero, como ya dijimos, nadie oía, y la aldea quedó abandonada.

Se dice que el pobre hombre, sintiéndose tan solo y decepcionado, no pudo evitar el llanto y que sus lágrimas cayeran sobre el lecho seco del lago.

Lloró días, lloró noches, y por cada lágrima, una cuarta el lago crecía, y así siguió creciendo hasta desbordarse.

Pronto, la noticia, la buena nueva, la conocieron todos.

Las garzas retornaban con sus albos vuelos; la alada V de los patos silvestres se deshacía en los junquillos que comenzaban a rodear el lago; la tagua y el pidén danzaban en la tersura de sus aguas; la brisa tendía la alfombra de pasto sobre los campos; mariposas y abejas; libélulas, chinitas, lagartijas, peces...

De suerte que, con la mayor naturalidad del mundo, nuestro cantor se fue transformando en un verde sauce.

Es lo que se dice.

Se dice, incluso, que más de algún transeúnte que ha pasado por ahí y detenido a refrescarse en aquellas aguas y aquellas sombras, ha creído oír hermosos cantos, como le sucedió al poeta del Valle de Colchagua, que recogió, según se dice, varios de ellos mientras sombreaba junto al sauce.

Es lo que se dice.

Es la leyenda.






Ediciones Revista





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