ACERCA DEL ORIGEN DE CIERTAS OLAS
Para mi hijo Nataniel
El deseo más íntimo que tuvieron Mireya y José Luis en el momento en que naufragaba la nave —ambos abrazados junto a la borda—, fue seguir unidos después de la muerte.
José Luis despertó en el fondo del mar como capitán de un galeón naufragado a mediados del siglo XVI, en el Atlántico, camino a las Antillas; Mireya, en cambio, según el rumor de los espíritus del mar, andaba extraviada por senderos oscuros.
¡Cuánto deseaba José Luis tenerla a bordo! Feliz desplegaría velas y surcarían los mares del mundo.
¿Qué será de ti, muchacha mía? —se preguntaba, acodado en el canto de la borda; su lamento se iba con las corrientes submarinas.
No muy lejos del galeón —si es que se puede hablar de distancias en el mundo de los espíritus—, una muchacha oculta detrás de una roca volcánica cubierta de actinias, corales y algas, observaba al apuesto capitán. Arrobada de emoción, cantaba en susurro:
Al oír el canto, el capitán no podía creerlo:
Rizado se quedaba el silencio de la hondura del mar al oírlo.
El joven no podía contenerse. Exclamaba con devoción:
Mireya tocaba con pies descalzos la arena; se dejaba llevar por la corriente que parecía diluirle los vestidos y la nave se iluminaba de rumores al sentirla cerca.
Algo más intentaba decir, pero una delgada corriente se lo arrebataba de los labios.
Sus movimientos se sentían pesados y lentos por lo espeso que se tornaba el fondo marino con los gajos de algas y trozos de medusas y por el arrebato de las corriente y por los impetuosos pulsos del corazón que le perturbaban los sentidos.
Impaciente, José Luis le arrojaba la escalera de cuerdas, que descendía lenta, apegada al casco de la nave.
Él quería saltar por la borda y nadar a su encuentro; pero el viejo navío, en advertencia, se bamboleaba.
Cerca, flotaban peces extraños y solitarios.
En la cubierta, colgaban de los mástiles, las jarcias, pues, las velas y los foques estaban plegados. En el exterior, en una de las bandas, asomaba un par de cañones endulzados por la herrumbre de la paz de las profundidades.
Anhelantes, ya se rozaban los dedos, mientras las bocas despedían burbujas que ascendían hacia altas aguas donde a marineros se les oía cantar:
Y en el momento que se volvían a decir —así, con ojos tan ansiosos— «¡Te quiero!... ¡Te quiero!...», un fuerte chasquido esplendente se oyó a los pies de Mireya.
Oh mi amado... dulce amado...
Si solo con verte y oírte
Mi corazón verte y oírte
Ya está alegre y consolado
Al oír el canto, el capitán no podía creerlo:
Oh mi dios ¿qué canto es ese
Que viene de aquellas rocas?
¿Algún arte de las olas
O es mi sentir q ‘ enloquece?
Ella, por la senda de escamas que una luna submarina había dejado a su paso en pos de otras épocas, le decía:
Aquí está la que tú añoras
La que por ti al mundo vino
A este y al que ya vivimos
Que ambos ni faltan ni sobran
Mira...
Mírame y ve lo sufrido
Que ni arte soy de las olas
Ni una ilusión de tus ojos
Ni una anémona piadosa
Mira...
La muchacha se veía pálida y su vestido recordaba la niebla en los puertos de la noche.
El joven no podía contenerse. Exclamaba con devoción:
Oh visión maravillosa
Que ni las aguas la tocan...
Solo las caricias tuyas
Tu abrazo tu ardor tus besos
De aquellas noches oscuras
Frías eternas de un invierno
Quiero...
Algo más intentaba decir, pero una delgada corriente se lo arrebataba de los labios.
Sus movimientos se sentían pesados y lentos por lo espeso que se tornaba el fondo marino con los gajos de algas y trozos de medusas y por el arrebato de las corriente y por los impetuosos pulsos del corazón que le perturbaban los sentidos.
Impaciente, José Luis le arrojaba la escalera de cuerdas, que descendía lenta, apegada al casco de la nave.
Él quería saltar por la borda y nadar a su encuentro; pero el viejo navío, en advertencia, se bamboleaba.
Mireya por fin cogía uno de los travesaños —su larga cabellera graciosa ondulaba en el agua— y comenzaba a subir sin apartar los ojos de los ojos del amado. Por eso no se fijó en la anguila que serpenteaba por entre algas y percebes que crecían en las junturas de las tablas.
Él, tendiéndole los brazos, le decía:
Siento tu mano en mi mano
Como flor que se hace fruto
Cerca, flotaban peces extraños y solitarios.
En la cubierta, colgaban de los mástiles, las jarcias, pues, las velas y los foques estaban plegados. En el exterior, en una de las bandas, asomaba un par de cañones endulzados por la herrumbre de la paz de las profundidades.
Anhelantes, ya se rozaban los dedos, mientras las bocas despedían burbujas que ascendían hacia altas aguas donde a marineros se les oía cantar:
Por una luna
Que se desnuda
En la hondura del mar
Anda la espuma
En jirones de sal
Y en el momento que se volvían a decir —así, con ojos tan ansiosos— «¡Te quiero!... ¡Te quiero!...», un fuerte chasquido esplendente se oyó a los pies de Mireya.
Ella se arqueó en los brazos del amado que, desde la borda, la sostenía como al borde de un abismo.
«¡Te quiero!», se les escuchó de nuevo decir.
Mas el «Te quiero» no llegó a ningún oído.
Solo subió en burbujas a rizar la superficie del mar que, en otras latitudes, desencadenaría olas tempestuosas contra naves cargadas de ilusiones para tristeza de muchachas de lejanos puertos que esperaban impacientes a sus novios.
«¡Te quiero!», se les escuchó de nuevo decir.
Mas el «Te quiero» no llegó a ningún oído.
Solo subió en burbujas a rizar la superficie del mar que, en otras latitudes, desencadenaría olas tempestuosas contra naves cargadas de ilusiones para tristeza de muchachas de lejanos puertos que esperaban impacientes a sus novios.







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