EL ANILLO
Composición casual en la ventana verde
綠窗偶成 病眼看花愁思深,幽窗獨坐撫瑤琴
黃鸝p似知人意,柳外時時弄好音
Al día siguiente toda la ciudad se reunió en la plaza a leer los signos originales de la Grande Morada porque solo desde este solaz obscuro de luz podían oír las voces de los viejos colonos atareados en la urbanización de la ciudad o ver cada cual su infancia o adolescencia.
El poeta recordó la suya cuando escribía en su cuarto los primeros versos junto a la ventana verde solo por verla pasar con la doncella hacia el jardín poblado de magnolios cerezos cipreses donde desaparecía no sin antes mirarlo con encantadores ojos rasgados.
Es decir
la misma princesa china en el principio de otro ciclo ahora reverenciada por el Concejo los vecinos los jóvenes.
Entretanto en la piedra del pórtico de madreselvas muchachas esperanzadas de amor agasajaban al poeta de vuelta a casa.
PIRJO
fifty, with dead eyes.
ROBERT MEZEY
Dama Blanca llaman los otros enfermos a esa mujer larga y canosa vestida de alba. A mí se me ocurre reina muy siglo veinte, si se le compara con las nobles de hoy. Sus enormes ojos están abiertos al cielo de Estocolmo y su voz habla de los pájaros que lo cruzan desde la infancia, aún cuando confunde los tiempos:
arden los pájaros volanderos en mis ojos heridos, sudan las manos sobre el teclado, añoran los pezones de la pubescencia las caricias del hombre, se constriñe el vientre voluptuoso, se cierran firmes mis muslos y mis rodillas huesudas para hacer más violenta la entrega...
arde el sol en las encinas, roen las ardillas las bellotas, suben por los brazos velludas manos y roen dedos gordos las bellotas de mis pechos...
trepan, se encaraman las teclas del piano por mi columna donde bajan y suben falseados, distorsionados, mozart, sentimientos...
flotan húmedas notas en la sala de diario como moscas obscenas...
observa, vigila el pastor luterano a mi madre que va por el recuadro superior de la ventana escalando las rocas en busca del mar hasta que desaparece tras ellas con la esperanza de mi redención...
ciegos...
qué ciego ha de estar el cielo para que su pastor allegue a mi cuello su aliento de alma ludida en la lascivia...
ciegos han de estar todos para no ver las pobres piernas púberes ardorosas que junto y abro incesante por temor al infierno y al cielo...
se enroscan los senos sofocados por la mata de pelo que arde en los hombros...
cansada estoy, padre...
turbina arrogante que mi santa madre no resiste...
andariega que llega cada tarde a las playas del báltico para enviar besos a su finlandia mientras la suecia en el mälar lavándose está las manos pringadas y mi padre izando la bandera azul de cruz dorada y despatarrada...
sigilosas las tropas nazis cruzan a media noche los bosques...
¡dios santo! tanto pudor no comprendo si el cañón entra y sale una y otra vez arrojando su baba...
corro...
corro corro a la sala de baño chorreando las piernas...
¡ay madre santa! por poco la ternura del pecado me corta las venas tras el beso de tus buenas noches que con tanta impaciencia aguardaba cuando era la niñita de tus trenzas...
¡no resisto!... ¡no resisto!...
Los enfermos se han cansado de tantos desvaríos y obscenidades. Es cuando viene Annika, la enfermera, y le enciende el cigarrillo. Sin embargo, la Dama Blanca ríe y apunta los pájaros que vuelan por sobre los tejados calientes del verano y se sube la túnica de su senectud sin cesar de contar lo que acontece ante sus grandes ojos azules: su historia apeada del tiempo real. Sorprendente es el humo que brota límpido de sus labios lívidos, en contraste con el humo que se muestra en la pantalla del televisor: la guerra en los Balcanes, mientras una bandera sueca ligeramente flamea por la derecha de la ventana.
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