lunes, 20 de noviembre de 2023

Del libro Crónicas de Estocolmo


ÑUBLE: TIERRA DE POETAS


Para quien ha nacido o ha sido criado en la tierra de la provincia de Ñuble, o en su capital, Chillán, la poesía, la tradición y la identidad son una misma cosa. Yo, por lo menos, no recuerdo un antes de ella o un día sin su presencia, ni que su presencia haya sido pasiva pues siempre estuvo coronando cada paso y cada aprendizaje.

Y no se piense en una ocurrencia mía ni exageración de la nostalgia porque si me pongo a dar ejemplos para atestiguar lo afirmado, no terminaría nunca. Baste repetir lo dicho por un visitante, y no uno sino unos cuantos, que en esa zona si se levanta una piedra, aparece un poeta.

Y así es, no más.

Cuando recorrí la provincia por eso de la política, pude apreciarlo una y otra vez. Como también puedo asegurar la enorme diferencia de su ejercicio respecto a la elitista y rebuscada de Santiago, pues la de Ñuble es ejercida por letrados y no letrados, los puétas, como se les llama a los de escasa o ninguna escolaridad, y es espontánea.

Les cuento una anécdota.

Hallándome confinado por la Junta militar en un reducto de la provincia conocido como Coltón-Quillay, solía ir a ver a mi amigo don Jovino, agricultor y dueño de una noble viña. Ahí, entre lagares y pipas, charlábamos y probábamos el pipeño que es como tomar leche al pie de la vaca. Una tarde que nos acompañaba don Aurelio, un afuerino refugiado del invierno, confesé mi oficio de poeta; incluso pedí permiso para decir un poema.

Ah, qué mosto aquél.

Ya se imaginarán los rostros del analfabeto auditorio durante la soberbia lectura y el complaciente aplauso posterior.

Incomodado, don Jovino, con la mano en el sombrero, carraspeó:

«Bueno, yo ahora le presento a otro puéta», e indicó a don Aurelio.

«A... sí, mírenlo», dije sorprendido.

Y don Jovino:

«¡Vamos, hombre, no me vai a dejar feo ahora!»

Don Aurelio, despabilándose, se empinó el jarro (me pareció ver el líquido fluir cuesta abajo por el gaznate), tomó un cajón, se sentó en una banca, lo puso entre sus rodillas y comenzó a tañer, a describir en octosílabos perfectos todo lo que ocurría en la bodega, incluso el gesto de mi mano por la frente y la estruendosa risa del anfitrión.

¡Qué duda cabía! Pura cepa ñublensina, como los romanceros de los orígenes, cuando la capital de la provincia se llamaba San Bartolomé.


Lilla Essingen, Suecia.2001.


CHILLÁN


Desde la
 llegada a Estocolmo, siempre me presento como chillanejo. Entonces se me pide señales de la ciudad, su ubicación en el mapa, idioma, en fin. Oportunidad que aprovecho para hablar de sus ríos, lagos, cerros, montañas y de los famosos nacidos en su tierra.

—Famosos tanto por la pluma como por la espada —digo sin vacilar.

Si un chileno de los otros está presente, para que no siga con sus impertinencias, canto lo que se nos enseñó desde niño: «Chile es un país alrededor de Chillán...», por lo que se me ha dado de facto otra carta de ciudadanía.

—Hola, chillanejo.   

O si no:

—Tú como chillanejo.

O como murmuran por ahí:

—Esta tarde va a leer poesía el pedante del chillanejo.

¿Pero de cuál 
Chillán hablo?

El Chillán de los castaños, arces, naranjos, limoneros, eucaliptos, palmeras, robles, álamos, sauces, etcétera; el Chillán del círculo de jotes en el cielo; el de los chicoteados de la estación de ferrocarriles; el de la feria en el centro y de la pérgola en la Avenida Brasil donde se vendía mariscos y pescados frescos traídos por el legendario tren ramal, pérgola que se mandó abajo con el terremoto del 60; el Chillán del bar «La Casa de la Cultura», donde la dueña recibía a sus clientes a punta de garabatos, y si uno era medio delicado, mejor que se fuera al restaurante La Bahía que estaba al lado; pero también el Chillán del monumento a la pechoñería; el de las calles de adoquines; el de los vendedores de castañas y piñones; del motemei calientito, el de las tortillas de rescoldo y de las sustancias chillanejas, el de las longanizas con papas pará y pebre cucharea'o, el del auténtico mosto, el de la chicha con naranja o con harina de avellana; el de las picadas: el Diente de Lata, la bodega Ñipas, el Cabeza e' Vaca, la Catedral, el Patá en la Erre, el Racimo, la Potito Bonito, etcétera; o el Chillán de las fiestas primaverales con carros alegóricos; el de las celebraciones de aniversario de la Escuela Normal «Juan Madrid» con sus orquestas de jazz, maratones y regatas por el estero más natural del mundo y al que no se le respetan los derechos; o el Chillán de la peñas y navegados; el de la sierras asadas de Semana Santa; el de los payadores, puétas y folkloristas; el de los camarones y salchichas; el del plato de luche con papas cocidas; el del palo enjabonado; el de los paseos a las Termas, a las Trancas, al río Ñuble, a las Lajuelas, a Dichato —pero en tren ramal—; el Chillán de la hospitalidad, el de las tradiciones, el de la identidad más silvestre que había en Chile y que atrajo a tanto poeta, artista e intelectual. En fin, el Chillán que me hizo sentir en el Paraíso durante mi infancia y mi juventud; pero en el que no puedo seguir sin ver lo que con los años de ausencia ha resultado ser ni desatender mi desarraigo, pues, quiérase o no, me hallo a medio camino entre aquel Chillán y el de hoy, entre un continente y otro, entre una época y otra, equilibrándome en el meridiano del retorno con el paraguas de la incertidumbre.

—Vuelvo —me digo.

—¿A dónde? —me contestan.

La Guitarrera.com, Estocolmo, 6 de mayo de 2000. Crónicas firmadas por Cristian Leoni, seudónimo del autor.

DONG Xiaowan

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