sábado, 3 de abril de 2021

Prosa poética


PRESENTACIÓN HECHA POR MARISOL


Las prosas del libro El sueño de la amapola de Harold Durand fueron escritas en 1991 y publicadas en una edición artesanal años después con el título El sueño de los ababoles, Estocolmo. De esta edición es el prólogo que leeré a continuación.





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EL LIBRO DE LOS ENSUEÑOS.

Vi la armonía de la naturaleza,
Y vi el caos de la inteligencia humana.


Originalmente su nombre era El sueño de los ababoles, un librito en el que reuní una prosa algo delirante.

Tras el golpe de estado en Chile, en 1973, sobreviene un desastre económico, social y político sin precedentes en su historia. Muchos nos vemos obligados a buscar refugio en el extranjero; no sin daños, tanto por ser víctima o testigo de la brutalidad humana. En Suecia, pese a la atención que se nos brinda, nos sentimos desolados.Todavía más, entre 1985 y 1991, en la Unión Soviética se inicia una apertura política conocida en ruso como glásnost, con la que Mijaíl Gorbachóv intenta otorgar a las repúblicas socialistas libertad y democracia, lo que para nosotros, paradojalmente, significa “la pérdida de la inocencia”. Una orfandad ideológica de la que cada cual busca su personal salida. Unos, irritados, reniegan de la realidad; otros, pragmáticos, la asumen; otros, etéreos, buscan filosofías o doctrinas que se van mejor con las veleidades del mundo, como parece ser el hinduismo. En mi caso, decido asumir como mi única patria el país que me da refugio. A mi favor, cuento con el amor de una nativa y su idioma, que vienen a ser, de alguna manera,el sueño de la amapola.

Harold Durand.

Chillán, 16 de febrero de 1992.


EL SUEÑO DE LA AMAPOLA

Año 1993 

Un día —un tiempo confuso que es como decir ningún tiempo—, la amapola, cansada de ser el recurso de los ensueños del poeta, decidió soñar para sí misma, fundando el mito que da origen a estos textos paradojales. 

(1991)

El mago que no sabía otra cosa que leer
 

Al anochecer, el mago abre su códice de pergamino y lee un cuento.

Tras la lectura, lo cierra y lo guarda entre las raíces de los árboles.

Se duerme. 

Nosotros, despiertos nos quedamos, confundidos con los personajes de sus lecturas vespertinas. 

Al anochecer siguiente, el mago abre de nuevo el códice y lee un cuento.


 Ignora que no solo sus ojos leen estas páginas de pergamino, que hay otras lecturas. 


Leyenda del poema que se escribió a sí mismo 

Era, en el fondo de la vertiente, un manuscrito de luna de temblorosas palabras el poema que soñé y olvidé esta mañana.

Lo olvidé porque los poemas que se escriben a sí mismos en un sueño, imposibles son en el otro, como el texto que ahora escribo y olvidaré cuando despierte árbol o pájaro. 

1991 

El bosque maravilloso de Högdalen


Cuando aquella tarde estival entramos en el bosque a descansar y refrescarnos (antes de continuar nuestro camino a casa), nunca lo abandonamos. Lo sé ahora, porque, pese a estar sin ti esta tarde de otoño, no todo es ausencia. 

1991 

Bicicletas en la nieve

Débil, ha nevado durante la noche. 

Soñé que la muerta, en mi ausencia, leía mi diario. Lo recuerdo junto a la ventana. 

En el patio, cubierto de nieve, bicicletas olvidadas. 

Fastidiada, una urraca se despereza entre las ramas del serbo y le desprende cuajos blancos. 

Fija al reloj de la pared, la hora, aunque los punteros caminan al mismo paso de los relojes del mundo. 

Y la muerta continúa leyendo mi diario. 


Paisaje marino 

Hoy, alejado de ti, contemplo en tus pupilas azules —que no las ha borrado el tiempo— las gaviotas, mientras el cuarto se oscurece de soledad. 

Dentro de poco, aparecerá la luna, esa lágrima. 

1991 

Esperando a Lisbeth

Me miran las piedras con ojos de arena; las verdes cúpulas de las catedrales, con ojos córvidos; y el verbo aguardar, con ojos llenos de agua. 

Qué decir. La mudez se prolonga como el camino por donde te fuiste con las palabras, mientras yo te aguardo, echado al pie de un árbol de la clínica. 

Oh, amor, qué lejos está el tiempo en que veíamos al viejo río vendedor de pescado poner a los ojos de las piedras, sus niñas.

O las plumas, brotar de los árboles.

O los pájaros, venir volando sanos con noticias desde los confines.

O la ciudad, poblarse de formas clásicas, antiguas.

Sí, era el tiempo de la alegre Epifanía. 


1991.8.30


Mordías una manzana en el sofá 

Recostada en el sofá, mordías una manzana y dejabas que mis manos acariciaran tus piernas enfundadas en medias negras.

Entonces, no sabía —pues tu olvido me lo ha enseñado—, que no eran más que piernas y manos en un sofá que había sido árbol. 

Después, abandonaríamos el Paraíso por nuestra propia cuenta. 

1991 

Una certidumbre nos aqueja 

¿Cómo el espíritu descubrió el goce de la carne? 

Es el misterio que los ojos levemente revelan y que los labios musitan cuando soñamos. 

No obstante, una certidumbre nos aqueja: un día cualquiera, lento o repentino, se repliega en el silencio y nos abandona por una mosca o un molusco. 

1991 

Mirábamos pasar las gaviotas desde el lecho 

El amor ya no era el mismo, solo memorias, más que nuestras, del tiempo que anduvo, como siempre, con su espuma en la piel, en el lecho, en el aire y en las gaviotas que sobrevolaban el trozo de mar de la ventana. 

No volverían, por ejemplo, las caricias de la primera noche por más que frotásemos las manos por los cuerpos.

Lo único que permanecía era nuestro ayer: esa playa relavada por las olas. 

Hoy, sin embargo, en mis sueños estás radiante como en vísperas del primer beso; y estamos alegres porque a estas costas no llegan las olas del tiempo ni su espuma.

Solo gaviotas, nuestras manos. 

1991 

Alta noche 

¿Cómo hacen los sueños para no estrellarse ni fundirse?

¿Por qué susurras 'Harold' a ese que te lleva de la mano por un parque de tinieblas?

¿No soy acaso este que sueña contigo? 

O somos la pieza oscura. 

El escondite del espíritu. 

O quizá eres tú la que  escribe las líneas del texto. 

1991 

Caminas por Odengatan.

Caminas por calle Odín de Estocolmo de la memoria a una hora que siempre será la misma hora, pese a los relojes de la tierra que apuran los entierros. 

La tarde cae y no cesa de caer, inacabable. 

Caminas —los pliegues de tu falda se despliegan y repliegan—. Pero en mis ojos que no olvidan, estás en una esquina, media calle, la otra esquina y en cada baldosa que tus pies pisan. 

La brisa — incansable— teje y desteje las hebras de tu pelo rojo y no te das vuelta a mirar al que corre gritando tu nombre: este que aguarda en un banco del Parque Vasa a que vuelvas a soñarlo, tú, su añorada. 

1991, Suecia

 

Desde la grada de Dios 

El amor y el dolor me pusieron los ojos de forma que pude ver el mundo desde la grada de Dios.

Vi la armonía de la naturaleza, y vi el caos de la inteligencia humana, e intenté revertir su filosofía:

Fui árbol. 


Epílogo.

 

Escribo sobre estos viajes como un Homero, que dicen que era ciego, o que no ha existido. O que yo soy aquella persona interminable. 




He agregado este conjunto de textos porque no encuentro un lugar para ellos, por su brevedad.


AL  PIE DEL ABEDUL

La vida y los sueños son páginas de un mismo libro.

ARTHUR SCHOPENHAUER


Escena I

Nada saco con soñarte desnuda o espiar tu corazón por la rajadura del jean a la altura de la rodilla.

—Rubia, de nieve es tu alma. Rubia tu miel.

¿Miel? Qué va a ser miel sino leche del musgo que tienta mi abeja cuando hundes las nalgas en la silla. 

Te ríes de mi mal sueco.

—Te quiero.

Y antes de que los 'te quiero' lleguen a Venus, Eros me da el código de tu puerta.

—Rubia, de nieve es tu alma. Rubia tu miel.

Junio 94

Escena II

Los dueños de la ciudad me han relegado en el Hospital del Sur por mis ideas revolucionarias.

La pobre Anne-Marie llora en la sala de fumar. Annika trata de explicarle que el ruiseñor vino, pero que se limitó a peinar un clavel en la boca de la reina, mientras el rey devoraba el sol en el océano del Báltico.

Así, atorado, se hallaba el monarca cuando vino Lautaro con la lanza y dijo ese famoso parlamento que escuchamos en la radio:

"Que las alamedas nunca serían".

Después el ruiseñor se clavó la espina del corazón de Anne-Marie y murió exclamando:

—¡Utopías!

Junio 94

Escena III

En qué piensa un perro cuando nos lame la mano?

—¿En qué piensa? —dice ella—. No sé.

— Él piensa que se lame la mano.

Junio 94

Escena IV

Justo a la hora en que se acercaba un astro a la órbita de la Tierra, el oráculo de Delfos anunció que Alejandro Magno entraría en Chillán Viejo a quemar el icono que se parecía a su rostro.

Mas, como las velas y el incienso enloquecieron las águilas y le comieron a su maestro Aristóteles los ojos la lengua y el corazón, se tuvo que ir a Persia.

Después vino Anne–Marie, tomó el icono y lo arrojó a las brasas. En su lugar, puso una cuchara.

Ecce homo —dijo.

Junio 94  

Escena V

Deja que el amor fluya.

—¿Por dónde?

—Tú eres la savia o la lava o la lágrima que toca el corazón y moja los ojos.

—¿Lloras?

—No, es la rama del abedul podada en primavera.

—¡Qué lindo eso!

—¿Lindo? Es un dolor como tu mirada cuando el sol se hunde tras de los edificios y por fin me miras.

—¿Qué es lo que dices?

—Ya es tarde amor. La tierra giró y nos puso a mí de cara a la luna, y a ti, de cara a la cascada.

—¿Cuál cascada?

—¿Me preguntas?

Junio 94

Escena VI

Golpeo en la corteza porque de este árbol* salí un día.

En su fronda se aloja una bandada de torcazas que al amanecer vuela a otros bosques de donde vienen otras aves a picotear los sueños que dejan las vecinas.

A veces  incluso viene Anne-Marie a pedirme besos.

Junio 94  

*Sus ramas han escrito en el viento lo que no pudieron mis manos 


Escena VII

No apuntes con el dedo los satélites que te saldrá un cuerno en la frente, porque no les gusta que los espíen.

Son astros de hojalata pero leen el Tarot mejor que los gitanos las manos.

Si lo hubiera sabido el jeque iraquí, no le habrían entrado camellos ardientes por el ojo de la cerradura.

Junio 94

Escena VIII

La gente que pasa cree ver en nosotros solo amantes que se besan, en vez de adormideras que se tocan mecidas por la brisa.

¡Y más tonta es la gente que ve en nosotros solo adormideras, en vez de amantes que se besan y suspiran!

Junio 94 

Escena IX

Ese que se sirve mi sopa y se come mi pan es sólo algo de mí, que el resto en la calle se me queda.

Suerte que los piadosos cuando ven mis manos suplicantes, se persignan y les encienden velas.

Los otros, los constitucionales, ahuyentan mi boca y le arrojan piedras.

Pero salvados son mis ojos por Anne-Marie, que asegura verse en estos espejos más bella.

Y mientras estoy en la orilla de la calzada dando diente con diente, el otro va a mi cuarto y escribe en mi cuaderno este poema.

Chile 1978 y 1994 Suecia


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