EL SUEÑO DE LA AMAPOLA
Año 1993
Al anochecer, el mago abre su códice de pergamino y lee un cuento.
Tras la lectura, lo cierra y lo guarda entre las raíces de los árboles.
Se duerme.
Nosotros, despiertos nos quedamos, confundidos con los personajes de sus lecturas vespertinas.
Al anochecer siguiente, el mago abre de nuevo el códice y lee un cuento.
Ignora que no solo sus ojos leen estas páginas de pergamino, que hay otras lecturas.
Leyenda del poema que se escribió a sí mismo
Era, en el fondo de la vertiente, un manuscrito de luna de temblorosas palabras el poema que soñé y olvidé esta mañana.
Lo olvidé porque los poemas que se escriben a sí mismos en un sueño, imposibles son en el otro, como el texto que ahora escribo y olvidaré cuando despierte árbol o pájaro.
1991
El bosque maravilloso de Högdalen
Cuando aquella tarde estival entramos en el bosque a descansar y refrescarnos (antes de continuar nuestro camino a casa), nunca lo abandonamos. Lo sé ahora, porque, pese a estar sin ti esta tarde de otoño, no todo es ausencia.
1991
Bicicletas en la nieve
Débil, ha nevado durante la noche.
Soñé que la muerta, en mi ausencia, leía mi diario. Lo recuerdo junto a la ventana.
En el patio, cubierto de nieve, bicicletas olvidadas.
Fastidiada, una urraca se despereza entre las ramas del serbo y le desprende cuajos blancos.
Fija al reloj de la pared, la hora, aunque los punteros caminan al mismo paso de los relojes del mundo.
Y la muerta continúa leyendo mi diario.
Paisaje marino
Hoy, alejado de ti, contemplo en tus pupilas azules —que no las ha borrado el tiempo— las gaviotas, mientras el cuarto se oscurece de soledad.
Dentro de poco, aparecerá la luna, esa lágrima.
1991
Esperando a Lisbeth
Me miran las piedras con ojos de arena; las verdes cúpulas de las catedrales, con ojos córvidos; y el verbo aguardar, con ojos llenos de agua.
Qué decir. La mudez se prolonga como el camino por donde te fuiste con las palabras, mientras yo te aguardo, echado al pie de un árbol de la clínica.
Oh, amor, qué lejos está el tiempo en que veíamos al viejo río vendedor de pescado poner a los ojos de las piedras, sus niñas.
O las plumas, brotar de los árboles.
O los pájaros, venir volando sanos con noticias desde los confines.
O la ciudad, poblarse de formas clásicas, antiguas.
Sí, era el tiempo de la alegre Epifanía.
1991.8.30
Mordías una manzana en el sofá
Recostada en el sofá, mordías una manzana y dejabas que mis manos acariciaran tus piernas enfundadas en medias negras.
Entonces, no sabía —pues tu olvido me lo ha enseñado—, que no eran más que piernas y manos en un sofá que había sido árbol.
Después, abandonaríamos el Paraíso por nuestra propia cuenta.
1991
Una certidumbre nos aqueja
¿Cómo el espíritu descubrió el goce de la carne?
Es el misterio que los ojos levemente revelan y que los labios musitan cuando soñamos.
No obstante, una certidumbre nos aqueja: un día cualquiera, lento o repentino, se repliega en el silencio y nos abandona por una mosca o un molusco.
1991
Mirábamos pasar las gaviotas desde el lecho
El amor ya no era el mismo, solo memorias, más que nuestras, del tiempo que anduvo, como siempre, con su espuma en la piel, en el lecho, en el aire y en las gaviotas que sobrevolaban el trozo de mar de la ventana.
No volverían, por ejemplo, las caricias de la primera noche por más que frotásemos las manos por los cuerpos.
Lo único que permanecía era nuestro ayer: esa playa relavada por las olas.
Hoy, sin embargo, en mis sueños estás radiante como en vísperas del primer beso; y estamos alegres porque a estas costas no llegan las olas del tiempo ni su espuma.
Solo gaviotas, nuestras manos.
1991
Alta noche
¿Cómo hacen los sueños para no estrellarse ni fundirse?
¿Por qué susurras 'Harold' a ese que te lleva de la mano por un parque de tinieblas?
¿No soy acaso este que sueña contigo?
O somos la pieza oscura.
El escondite del espíritu.
O quizá eres tú la que escribe las líneas del texto.
1991
Caminas por Odengatan.
Caminas por calle Odín de Estocolmo de la memoria a una hora que siempre será la misma hora, pese a los relojes de la tierra que apuran los entierros.
La tarde cae y no cesa de caer, inacabable.
Caminas —los pliegues de tu falda se despliegan y repliegan—. Pero en mis ojos que no olvidan, estás en una esquina, media calle, la otra esquina y en cada baldosa que tus pies pisan.
La brisa — incansable— teje y desteje las hebras de tu pelo rojo y no te das vuelta a mirar al que corre gritando tu nombre: este que aguarda en un banco del Parque Vasa a que vuelvas a soñarlo, tú, su añorada.
1991, Suecia
Desde la grada de Dios
El amor y el dolor me pusieron los ojos de forma que pude ver el mundo desde la grada de Dios.
Vi la armonía de la naturaleza, y vi el caos de la inteligencia humana, e intenté revertir su filosofía:
Fui árbol.
Epílogo.
Escribo sobre estos viajes como un Homero, que dicen que era ciego, o que no ha existido. O que yo soy aquella persona interminable.
He agregado este conjunto de textos porque no encuentro un lugar para ellos, por su brevedad.
AL PIE DEL ABEDUL
La vida y los sueños son páginas de un mismo libro.
ARTHUR SCHOPENHAUER
Escena I
Nada saco con soñarte desnuda o espiar tu corazón por la rajadura del jean a la altura de la rodilla.
—Rubia, de nieve es tu alma. Rubia tu miel.
¿Miel? Qué va a ser miel sino leche del musgo que tienta mi abeja cuando hundes las nalgas en la silla.
Te ríes de mi mal sueco.
—Te quiero.
Y antes de que los 'te quiero' lleguen a Venus, Eros me da el código de tu puerta.
—Rubia, de nieve es tu alma. Rubia tu miel.
Junio 94
Escena II
Los dueños de la ciudad me han relegado en el Hospital del Sur por mis ideas revolucionarias.
La pobre Anne-Marie llora en la sala de fumar. Annika trata de explicarle que el ruiseñor vino, pero que se limitó a peinar un clavel en la boca de la reina, mientras el rey devoraba el sol en el océano del Báltico.
Así, atorado, se hallaba el monarca cuando vino Lautaro con la lanza y dijo ese famoso parlamento que escuchamos en la radio:
"Que las alamedas nunca serían".
Después el ruiseñor se clavó la espina del corazón de Anne-Marie y murió exclamando:
—¡Utopías!
Junio 94
Escena III
En qué piensa un perro cuando nos lame la mano?
—¿En qué piensa? —dice ella—. No sé.
— Él piensa que se lame la mano.
Junio 94
Escena IV
Justo a la hora en que se acercaba un astro a la órbita de
Mas, como las velas y el incienso enloquecieron las águilas y le comieron a su maestro Aristóteles los ojos la lengua y el corazón, se tuvo que ir a Persia.
Después vino Anne–Marie, tomó el icono y lo arrojó a las brasas. En su lugar, puso una cuchara.
—Ecce homo —dijo.
Junio 94
Escena V
Deja que el amor fluya.
—¿Por dónde?
—Tú eres la savia o la lava o la lágrima que toca el corazón y moja los ojos.
—¿Lloras?
—No, es la rama del abedul podada en primavera.
—¡Qué lindo eso!
—¿Lindo? Es un dolor como tu mirada cuando el sol se hunde tras de los edificios y por fin me miras.
—¿Qué es lo que dices?
—Ya es tarde amor. La tierra giró y nos puso a mí de cara a la luna, y a ti, de cara a la cascada.
—¿Cuál cascada?
—¿Me preguntas?
Junio 94
Escena VI
Golpeo en la corteza porque de este árbol* salí un día.
En su fronda se aloja una bandada de torcazas que al amanecer vuela a otros bosques de donde vienen otras aves a picotear los sueños que dejan las vecinas.
A veces incluso viene Anne-Marie a pedirme besos.
Junio 94
*Sus ramas han escrito en el viento lo que no pudieron mis manos
Escena VII
No apuntes con el dedo los satélites que te saldrá un cuerno en la frente, porque no les gusta que los espíen.
Son astros de hojalata pero leen el Tarot mejor que los gitanos las manos.
Si lo hubiera sabido el jeque iraquí, no le habrían entrado camellos ardientes por el ojo de la cerradura.
Junio 94
Escena VIII
La gente que pasa cree ver en nosotros solo amantes que se besan, en vez de adormideras que se tocan mecidas por la brisa.
¡Y más tonta es la gente que ve en nosotros solo adormideras, en vez de amantes que se besan y suspiran!
Junio 94
Escena IX
Ese que se sirve mi sopa y se come mi pan es sólo algo de mí, que el resto en la calle se me queda.
Suerte que los piadosos cuando ven mis manos suplicantes, se persignan y les encienden velas.
Los otros, los constitucionales, ahuyentan mi boca y le arrojan piedras.
Pero salvados son mis ojos por Anne-Marie, que asegura verse en estos espejos más bella.
Y mientras estoy en la orilla de la calzada dando diente con diente, el otro va a mi cuarto y escribe en mi cuaderno este poema.
Chile 1978 y 1994 Suecia
Ediciones del Autor


No hay comentarios:
Publicar un comentario