DON CARLOS RENÉ IBACACHE:EL HOMBRE QUE RECUPERÓ LA LIBERTAD PARA LOS JÓVENES POETAS DE CHILLÁN MUCHO ANTES DE QUE LA DICTADURA CAYERA
Don Carlos, en mi historia, es la persona adulta por la que sentí gran afecto. Así como se quiere a un padre.
Cuando me lo presentaron, una junta militar impuesta tras un sangriento golpe de estado, aterrorizaba la sociedad.
Muchos fuimos perseguidos, detenidos y torturados brutalmente. A otros los asesinaron y arrojaron sus cadáveres a ríos, sitios abandonados, o simplemente los hicieron desaparecer vaya uno a saber dónde.
Milagrosamente yo sobreviví la tortura de retenes y comisarías de Carabineros.
Estuve encarcelado hasta fines de febrero de 1974. De ahí me enviaron relegado a un lugar rural de Ñuble (de esos olvidados por la civilización), bajo control militar y con la obligación de presentarme en el Regimiento cada viernes.
No es difícil imaginar lo desmoralizador que puede llegar a ser para una persona de la ciudad verse obligada a vivir en un ambiente que es lo contrario del propio; además, estar expuesta a las intimidaciones nocturnas de carabineros, como la de apuntar los focos del jeep hacia la vivienda donde reside.
Los lugareños, rudos y analfabetos, a pesar de la desconfianza, me parecían cordiales, a su manera.
Me llamaba la atención, a medida que conocía sus nombres, el estrecho parentezco entre ellos. En unos, el apellido materno de otros, era el paterno. Es probable que la hemofilia leve de un joven y la ausencia congénita de pigmentación de una muchacha, tuviera aquí su explicación.
Intenté adaptarme a la vida campesina, sin éxito.
La vivienda, una casucha sin electricidad, poblada de ratones que no paraban de rondar durante la noche los pocos libros y revistas que me quedaban.
Aun así, me consolaba pensando que en Chillán una vida llena de sobresaltos, me hubiera enloquecido.
Al caer la noche, la total oscuridad del campo se convertía en la imagen de mi día a día.
Retomé textos que había compuesto en la cárcel y guardaba en la memoria.
Escribir se tornó mi resistencia, y leer libros que compraba en la Librería Maureira, ubicada en la Avenida Libertad, o libros viejos que compraba en El Arca de Noé, en la Feria del Mercado.
Sin embargo en ningún momento me sentía cómodo. En absoluto.
El pesimismo en que me iba sumiendo, presagiaba un final trágico.
En 1976, en una de esas salidas a la ciudad en que me tocaba control en el Regimiento, el dueño de la Librería Maureira me presentó a un caballero sereno y amable.
Se parecía a mi papá en su modo de ser.
Se llamaba Carlos René Ibacache, presidente del Grupo Literario.
Me contó que se reunían los miércoles en una salita que tenía el Grupo de Cámara Santa Cecilia en la Sala Scheaffer. Al atardecer.
Cordialmente me dijo que sería bienvenido.
Por el camino, exclamaba, impresionado hasta las lágrimas:
“¡Valiente gente! ¡Adorable!”
Que se atrevieran a reunirse a leer poesía en un periodo donde los libros eran vistos por la dictadura como bombas molotov, me emocionaba, me enternecía y me enorgullecía. Había columnistas como Hermógenes Pérez de Arce, un tal Ruiz-Tagle, Pablo Rodríguez Grez, un Maximiliano no sé cuánto, que pedían poner ojo a los centros culturales, pues constituían nidos de comunistas.
Para los socios del grupo literario, como si lloviera.
Pero ahí estaba don Carlitos con su carita redonda, su mirada risueña detrás de los lentes.
Terminada la lectura y el diálogo, venía el cafecito de la convivencia.
Después había que irse a casa por el toque de queda.
En la primera asistencia, no salía de mi asombro.
Era como si se hubiera abierto una puerta en el Cielo.
¡Dios, Dios mío!
Así que con entusiasmo continué la escritura. Sobre todo cuando don Carlitos propuso un miércoles que “en la próxima reunión Harold podría leer sus textos. Si a él le parece".
¿Quéee? “¿Si a él le parece?”
Ja, ja, ja. ¡Qué nobleza, viejo lindo!
"Por supuesto, con todo gusto. Un honor", murmuré, tímido.
Pues, entonces, el miércoles siguiente leí los poemas que por ese momento creía casi listos.
Fue emocionante. Aplaudieron. Luego los comentaron (qué lujo). A una socia, bajando la voz, les parecieron algo atrevidos.
Don Ernesto Vásquez Méndez habló de las claves de la poesía. Toda una lección que me llevé a la casa de campo para tener en cuenta en el momento de la corrección de los poemas, a la luz de una vela.
Después me enteré que don Carlos había escrito una crónica nada menos que en el diario de la ciudad, ¡La Discusión!
¡Wau! No lo podía creer.
Yo no daba más de orgullo por mis poemas. Incluso, tonto me puse. Lo que no importó a don Carlos ni a don Ernesto. Se reían.
Con el tiempo fui tomando confianza y asumiendo mi condición de poeta. Como debía ser, pienso ahora.
Mientras en el país las cosas no iban mejor. El pueblo pasaba hambre y no había barrio que no tuviera un vecino detenido.
La brutalidad, la incultura, la hipocresía, la miseria humana campeaban.
En la pantalla del televisor del restaurante vi a escritores que en condiciones normales, nadie hubiera dado una chaucha por ellos; sin embargo, posaban como los galácticos de la literatura nacional.
Hubo otros que aprovecharon el vacío que dejó el fallecimiento de Pablo Neruda y la ausencia de poetas que se vieron obligados a emigrar, para granjearse la simpatía de la juventud y la Junta militar asi catapultar su fama.
Como se ve, nada de fácil para los escritores naturales.
Radio Moscú, en su programa Escucha Chile, leyó un poema mío con el seudónimo de Pablo del Sur. Y eso fue todo.
Los poetas necesitaban más que eso. Su territorio, su lugar en la sociedad para cumplir su función. Condiciones que no podían venir de ninguna manera de las instituciones del régimen militar.
Alguien tenía que liderar la iniciativa, la reivindicación.
Debía ser una persona cuya condición humana fuera de dimensiones, porque tendría que mantener a raya al coronel de la zona.
Todavía más. Capaz de imponer respeto para llevar a cabo programas en las radioemisoras, editar revistas y libros y organizar festivales de poesía.
Para bendición nuestra, en Chillán tuvimos a esa persona: don Carlos René Ibacache.
Y no resultaba fácil para él.
Más de una vez el coronel lo citó a su oficina, ‘allá arriba’, para "advertirle" que controlara a su gente.
También hubo un engreído que se mofaba de don Carlos, por abrir las puertas del Grupo Literario a la juventud y la dueña de casa.
Sí, nosotros, lo jóvenes fuimos atrevidos. Perdimos el miedo y nos comportamos de manera irresponsable.
En una oportunidad el Grupo Literario organizó una lectura en el salón de la Sala Scheaffer. Habíamos cinco personas en la mesa del estrado. Don Carlos ofició de moderador.
En la planta baja del salón, en la primera fila, el jefe de plaza —es decir, un militar de alto grado—, un representante de la Iglesia católica y uno de la Municipalidad.
La sala estaba llena.
Llegado mi turno, ignorando el protocolo, saqué del bolsillo mi primer poema contestatario, y lo leí.
Era notorio que las autoridades estaban incómodas en las butacas.
Al término de la lectura, el aplauso fue grandioso. Incluso algunos jóvenes, como Patricio Sobarzo, gritaron "¡Bravo! ¡Bravo!"
Yo, qué decir, estaba desconsideradamente feliz.
Don Carlos, el miércoles siguiente, me contó que lo habían citado ‘allá arriba’. Sin embargo no me reprochó nada, ni me pidió prudencia.
Por eso puedo asegurar que nosotros fuimos libres mucho antes del debilitamiento de la dictadura y su caída.
Gracias a don Carlos René Ibacache.
Por eso, el Grupo Literario Ñuble, su obra, debería tener su propia casa, con su retrato, en honor a este gran hombre.
Los escritores y poetas, Chillán, se lo deben.
Chillán, 2 de septiembre de 2021.

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